La noche en la piel de la pantera: 3. Rodolfo Steiner
17/03/2013 § Dejar un comentario
Capellán se lo presentó como si se tratara de un genio, aunque como de costumbre fue él quien llevó en todo momento el peso de la conversación. Se trataba de un alemán llamado Rodolfo Steiner, un poco mayor que Capellán, aunque bien conservado, mucho más alto y mejor parecido. Le dividía la frente en dos partes simétricas una cicatriz trazada en línea recta, la cual le confería un aspecto romántico y siniestro, muy a tono con sus aires glaciares y aristocráticos. Tenía aspecto de explorador o deportista, sin que se pudiera precisar de qué deportes ni de qué mundos.
Después del almuerzo, los dos caballeros le pidieron que les cantara una canción. Un pajarito me ha dicho que iba usted para soprano, le susurró Capellán, con una mezcla de guasa y cortesía. La Bénichou se hizo de rogar por puro decoro. En realidad se moría por cantar, y más aun cuando al terminar la primera aria Capellán aplaudió. Rodolfo Steiner, más comedido, hizo algunas observaciones técnicas sobre el timbre y la textura de la voz. Después cantó Le Chevelure de Héctor Berlioz, con la que había tenido éxito en tantas ocasiones románticas. Rodolfo Steiner insistió en acompañarla en un piano polvoriento y desafinado por la falta de uso. La Bénichou pensó que se trataba de una estratagema para tenerla más cerca, lo que en parte la halagó y en parte la puso en contra del alemán. Éste era un hombre varonil, atractivo, seguro de sí mismo, pero no podía ver en él más que un entrometido. Igual que Rodolfo Steiner sólo tenía ojos para la Bénichou (o eso creía ella), ésta sólo tenía ojos (y oídos, especialmente oídos) para Capellán, de cuya elocuencia andaluza (en realidad gaditana, aunque ella no podía discernir aún tan delicados matices), estaba empezando a prendarse. ¿Y Capellán? ¿Qué sentía por ella? El caso es que aquella tarde le entregó la llave de un “refugio de solteros” que tenían en Cádiz, y a partir de entonces la Bénichou se volvió visitante asidua de aquel santuario de la gallardía masculina.
El refugio de solteros era una casa de dos plantas unidas por una estrecha escalera en la que nunca hubo luz, había que subirla tanteando los escalones con la punta del pie, ideal para romperse el cuello, bromeaba Capellán, hasta llegar a un pasillo de techo alto, dos dormitorios y un balcón de madera. Uno de los dormitorios lo ocupaba Rodolfo Steiner, mientras que el otro quedaba a la disposición de Capellán. Allí escribía poemas religiosos, artículos patrióticos e historias románticas. Allí, sobre una cama vencida y desprolija, dormía borracheras y mitigaba excesos. Los dos amigos compartían el piso de abajo, con recibidor, comedor, cuarto de baño y cocina. Rodolfo Steiner y yo tenemos un acuerdo de caballeros que nos prohibe traer mujeres a casa, le dijo Capellán a la Bénichou. ¿Y yo?, le preguntó ella. Tu eres la excepción que confirma la regla, dijo Capellán. Y se rió. Steiner pronto partirá para Madrid, dijo, por un tiempo indefinido. Su ausencia revocará temporalmente toda obligación contraída. Los pactos son como el papel moneda, dijo, pierden su valor tan pronto como se cambia de territorio.
Cuando la Bénichou le preguntó cómo había conocido a Rodolfo Steiner, Capellán le contó que era un ingeniero alemán que trabajaba para la compañía Krupp, la cual vendía acero al gobierno. La compañía, dijo Capellán, sobrestimando la complejidad del negocio, había enviado a España media docena de representantes. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que con uno sería suficiente, así que mandaron volver a todos menos él, que era el mejor situado en la Krupp y el más capaz del grupo. De la noche a la mañana, el alemán se quedó solo y casi desocupado en Madrid, metido en una casa gigantesca, desproporcionada para una sola persona, y más tratándose de un sedentario extremo como Steiner, que apenas dejaba su dormitorio. Al final, enfermo de una soledad punzante, como un animal salvaje trasladado a otro continente, o como una planta exótica trasplantada en un suelo extraño, decidió viajar al sur para cambiar de aires y acabó arrendando aquella casita, que era propiedad de la familia de su esposa. Capellán, a quien le había llamado la atención el senequismo del alemán, lo había invitado a acompañarlo al Ateneo Municipal, donde se discutía de toros, balompié, poesía y política, y así era como se habían vuelto como uña y carne, aunque Steiner era uña que mantenía distancias con la carne y conservaba en todo caso sus maneras solemnes, su doble fondo, su misterio.
La noche en la piel de la pantera: 2. José María Capellán
06/07/2012 § Dejar un comentario
En 1928, durante la Feria del Caballo de Jerez de la Frontera, la señorita Monique Bénichou asistió a una cena en casa de don Federico de Isasi y Dávila. Allí conoció a José María Capellán. Capellán llegó a la hora del postre, diciendo que lo habían entretenido en la caseta de González Byass, donde se había brindado por los galardonados en los Juegos Florales, dijo blandiendo dos botellas de brandy Lepanto. A Capellán le había correspondido el honor de presidir el jurado, y por eso no había podido escaquearse hasta bien pasadas las once de la noche. Cuando había salido de la caseta ya llevaba la luna un buen rato de luminaria de devotos y farol de borrachos, redonda y resplandeciente como un queso manchego. Capellán se excusó también por la ausencia de su esposa, la cual había alumbrado un varón recientemente. El primogénito, dijo. Aunque su matrimonio con doña María del Mar Domecq Rivero Núñez de Villanueva y González había sido bendecido ya con tres preciosas niñas, todos entendieron que se refería al sucesor, el portador del apellido, el que certificaba la pervivencia del linaje, el porvenir de la estirpe. Capellán, que llegaba exultante, encontró asiento a la derecha de la Bénichou y se pasó la velada incitándola a brindar con pretextos que fueron derivando de lo enológico a lo erótico, todas ellos trillados, pero aun así conmovedores. Cuando una mujer es tan bella, decía, y de nombre francés, es menester que se engalane con un buen vino andaluz.
El escritor estaba radiante porque, a pesar de su juventud (cumplía el martes 8 de mayo los treinta y un años), los demás miembros del jurado lo habían tratado con una consideración casi reverencial, llamándole don José María, señor presidente, maestro, y eso que no hacía mucho era él quien participaba en los Juegos Florales con la voluntad de ganarse una reputación en el mundo de las letras, si bien es cierto que había sido galardonado en cada ocasión, primero con varios accésit por décimas religiosas o de tema andaluz, y al poco con un Primer Premio en la Feria de su Cádiz natal, por un poema que cantaba al beato Fray Diego José el Gaditano en su centenario, una maniobra con visos oportunistas pero en el fondo poética y devota, y finamente se había consagrado con la Flor Natural en Sanlúcar de Barrameda por El Viático, cuyos versos aún se recitaban a diestro y siniestro como una exhibición de competencia folclórica, rivalizando con El Piyayo de José Carlos de Luna: ¿Tú conoces al Piyayo, un viejecillo renegro, reseco y chicuelo; la mirada de gallo pendenciero y hocico de raposo tiñoso, que pide limosna por tangos y maldice cantando fandangos gangosos?
Alguna vez tiene que venir usted a tomar el café a casa y así conoce a mi señora, le decía Capellán a la Bénichou. Ma petite épouse, à laquelle vous n’avez pas encore pu voir, n’est-ce pas pénible?, le decía mientras se le humedecían los ojos y le cogía la mano con delicadeza. Y luego: Pero beba, beba más vino. ¿No es delicioso? En él se esencian los dones del sol, la frescura de la lluvia y la pureza de la tierra, decía galante. Y recitaba: Chiquilla, ten cuidado con el vino y la aceituna, que abren mucho el apetito. Y: Tu mirada seductora inspira una paz que encanta; tú tienes alma de santa y cuerpo de pecadora.
Una semana después, la Bénichou recibió una nota en la que Capellán la invitaba a almorzar en la hacienda familiar de Chipiona. Si lo desea puede hacer la invitación extensible a la señorita sobrina de don Federico, le decía. Y después: Vendrá también un caballero muy interesante al que me gustaría que conociera. Aquella última parte la desencantó. Pensó que o bien había malinterpretado las atenciones de Capellán en casa de don Federico, o bien éste se había arrepentido nada más recuperar la sobriedad y el sano juicio, y ahora intentaba empaquetársela a aquel “caballero muy interesante”.
La noche en la piel de la pantera: 1. Casi detectivescos
07/06/2012 § Dejar un comentario
Por conversaciones sé de quienes hemos tratado de acceder a la obra de Rudolf Steiner que nuestra tarea ha tenido siempre tintes casi detectivescos.
Hablo, por supuesto, de incontables visitas a mercadillos y rastros de Madrid, Valladolid, Bilbao, León y Barcelona. Habló de días enteros haciendo inventario de despojos ajenos para no encontrar nada, pero sin atreverse a dejar un solo baúl sin abrir ni un sólo título sin leer. Hablo de un estado de ansiedad permanente, de una alerta constante en las desaparecidas distribuidoras Sarmata, de Barcelona, o Aztlán, de Madrid. Hablo de una vida entera interrogando enigmas y tragando polvo de bibliotecas. Hablo de noches en vela y de noches soñando con una aguja perdida en un pajar de tamaño planetario, soñando con ser coleccionista de experiencias para luego conformarse con coleccionar leyendas. Porque la nuestra era persecución de una leyenda, como los exploradores que buscaban El Dorado. Nos bastaba encontrar una mínima referencia en algún libro para estallar de gozo. Y luego las llamadas telefónicas y la felicitación de la cinefilia fascista, una cinefilia clandestina, subterránea y antisocial, pero leal y generosa, casi una verdadera sociedad secreta de hombres de mediana edad y oficios diversos que nos comunicábamos por teléfono frustraciones y hallazgos y rezábamos en soledad por la fortuna en la búsqueda. Digo sociedad, pero la nuestra era una sociedad de individuos, una sociedad secreta en el sentido más extremo de la palabra. Jamás conocí en persona a ninguno de mis interlocutores. Sabía su nombres (o más bien sus alias), sabía sus números de teléfono, no precisaba saber nada más. Nuestro único vínculo eran aquellas conversaciones telefónicas, normalmente nocturnas. Es inquietante pensar ahora, después de tantos años, que no hubiese sido posible recordar a Rudolf Steiner sin la colaboración de la telefonía.
Voy a contar dos pequeñas anécdotas, creo que bastante significativas y, hasta podría decir que sintomáticas. Recuerdo que en 1982, necesitado de guardar bajo llave unos cachivaches, un amigo que trabajaba en un Ayuntamiento de la provincia de Valencia (permitidme que no revele nombres) me ofreció una gran sala vacía en el último piso del inmueble. Recuerdo haber subido una escalera larga y empinada, una escalera mortal de filme de Murnau o Polanski, y al llegar al final accionar el interruptor, pero no había luz. Tras abrir una ventana pude ver un espectáculo que me puso los pelos de punta y me aceleró las pulsaciones, aquejado como estoy desde la adolescencia de hipertensión y cinefilia: decenas de cintas arrojadas por el suelo, completamente desordenadas y cubiertas por una capa de polvo que parecía la pátina de los siglos. Y entre ellas, tras una primera inspección que reveló copias en su mayor parte ya conocidas de películas no tan viejas como la sensación de abandono que daba el lugar, cintas de los cuarenta y los cincuenta (recuerdo Orosia de Florián Rey y El hombre de la Legión de Romolo Marcellini), encontré dos rollos sin etiquetar que me aceleraron el pulso. Aquí está, pensé. Me hallaba, sin duda, ante la cinemateca local del Movimiento, o más precisamente ante sus restos. Aquel espectáculo era el testimonio de la caída de los ídolos y el desplome de las ilusiones. Me daba en la nariz que nunca había estado tan cerca de una película de Rudolf Steiner. Nada le dije a mi amigo del hallazgo. Me llevé aquellos rollos sin identificar y di por perdido el resto de las cintas. ¿Robo? No tuve, os lo prometo, la sensación de arrebatarle nada a nadie, sino la de rescatar a un huérfano de las dentelladas de la desidia, y puede que hasta de algún roedor. Mi desengaño fue monumental. Lo que me había llevado era una copia del documental Derrumbamiento del Ejército Rojo, de Antonio Calvache, adquisición sin duda importante, pero no lo que yo andaba buscando. Esta cinta, que durante años vivió conmigo en secreto, figura hoy en la (dicen) impresionante colección personal del politólogo francés Alain de Benoist, a quien tuve la oportunidad de estrechar la mano hace unos años en Madrid.
Nunca he sido fetichista. No me he aferrado a nada ni a nadie. Es más, cuando me vi en la necesidad me deshice de casi todo lo que tenía, vendiéndolo al mejor postor, no me avergüenza decirlo. Mi colección fue accidental, mi único interés era Rudolf Steiner, y de él no conseguí nada que valiera la pena conservar.
Lo que me lleva a la segunda anécdota. Fue escasos días después de haberme casado. En agosto de 1984 me fui de viaje de novios a Sante Foy-Le-Grande, localidad no muy lejana a Bergerac, en Francia, y allí, en un mercadillo, entablé conversación con un tipo que hablaba nuestro idioma bastante mejor que muchos compatriotas (mi abuela nació en Murcia, me dijo). En su tenderete de libros de lance encontré unas Memorias del cinema mudo de Serafín Sostoa (quien firmaba S. S.) publicadas en 1953 por Zeus (por la editorial Zeus, se entiende) en una edición original de 50 ejemplares firmados por el autor, de los cuales el mío era el número 29. Este libro, del que nunca había oído hablar, me alegró un día en lo personal tormentoso y umbrío. Me lo llevé por una cantidad irrisoria, puede decirse que al peso, junto a otros de tinte anarquista, y algunas obras de Federica Montseny, y cosas de García Lorca, de Miguel Hernández, y hasta de Luis Rosales. Siempre me he preguntado cómo llegarían hasta allí aquellos libros, sin duda liquidados por los herederos de algún espíritu inquieto, qué tumbos darían antes y después de cruzar los Pirineos para llegar finalmente a mis manos.
Gran parte de lo que sé de Rudolf Steiner proviene de la obra de Serafín Sostoa. Otros autores de las JONS cercanos a él, como Ramiro Ledesma Ramos, Montero Díaz o Emiliano Aguado, jamás se interesaron por el cinema. Lo de estos caballeros no era la contemplación sino la acción inequívoca. A los jonsistas no me los imagino embelesados por la ambigüedad de una película muda, sino imponiendo la verdad a machetazos. Me presentaron hace años a Maximiliano Lloret, antaño hombre fuerte de las JONS en Valencia. Lloret fue el fundador del efímero semanario Patria Sindicalista. Cuando le mencioné el nombre de Rudolf Steiner, dio muestras de reconocerlo. Sabiendo que se trataba de un farol, le tendí el anzuelo. ¿Había visto Lloret las películas del alemán? Hacía años, aunque no las recordaba bien, dijo Lloret. Entonces es muy probable que sea usted el único que las ha visto, llevan lustros perdidas, le dije. Vaya por detrás, y también por delante, que detesto a los idiotas que se las dan de entendidos. Lloret, para no quedar mal, simuló haberse equivocado de nombre. Yo, que en cuanto me desahogo sé volverme transigente y no meter el dedo en la llaga, le di una palmadita en la espalda. Hay que ser más modesto, le dije. Lloret se puso rojo como una amapola. Por un momento temí que se echara a llorar. Luego comprendí que no se debía a la vergüenza sino a la rabia. Murió unas semanas más tarde, posiblemente sin haber olvidado aquella humillación que él mismo (y no yo) se infligiera.
Dicho sea sin ánimo de mortificar el nombre de Maximiliano Lloret ni escupir en su tumba. Al contrario, que descanse en paz. La ignorancia ha sido moneda de pago común a Rudolf Steiner. El alemán no tuvo fortuna en España. Salvo en núcleos reducidísimos y, como dije, secretos, en nuestro país el nombre de Rudolf Steiner carece de la menor resonancia. Es muy difícil encontrar alguien que sepa quién fue. La fatalidad parece empeñada en hacer lo imposible para borrarlo de la historia.
Aquí cabe una tercera anécdota que no pensaba incluir, pero que viene como anillo al dedo. A mediados de los sesenta mi padre fue destinado a Benicalap, arrastrando consigo a toda la familia. Benicalap fue una de las pedanías que el desarrollo franquista puso patas arriba en aquella década. Pasó directamente del arado al seiscientos, de la Edad de Piedra a la revolución industrial. De las barracas al hacinamiento en bloques de pisos sin ascensor, sin alcantarillado ni un metro cuadrado de equipamientos, como ahora se dice. No muy lejos de casa quedaba la avenida de Onésimo Redondo, donde, con una caña larga y mucha pericia, íbamos a recoger mi hermano Javier y yo hojas de morera para alimentar a nuestros gusanos de seda. Más allá de Onésimo Redondo, lo recuerdo con claridad, había una avenida rotulada con el nombre de Rudolf Steiner. Ambas formaban el barrio de Torrefiel, que luego fue escombrera y hoy es el parque de Benicalap. Ésa es con toda seguridad la primera vez que llega a mis oídos el nombre de Rudolf Steiner. Allí, en aquella avenida de la memoria, echada abajo para alojar un parque de recreo, se juega sin duda mi destino, la consunción ofuscada de mis años futuros.
El arte de la fuga: Cuarto movimiento
03/11/2011 § Dejar un comentario
Lower Rosedale Shakespeare Reading and Badminton Society
For you have but mistook me all this while
En primavera de 1957 empezamos a reunirnos un grupo de amigos para leer obras de Shakespeare en mi apartamento de Rosedale (Toronto) y aunque coincidió con la época de su debut en Europa con la Orquesta Filarmónica de Moscú, cuando dio el histórico concierto de Leningrado, y después los de Viena, Berlín, Ginebra y Londres, además de sus numerosos compromisos en los escenarios canadienses y norteamericanos, siempre que podía se presentaba, meticulosamente puntual y cargando con su voluminosa edición de las tragedias completas de Shakespeare, la única por la que se avenía a declamar sus papeles y a la que nadie más tenía derecho a acercarse, por la que una noche leyó entero al teléfono su papel preferido, el de Ricardo II, desde un hotel de Houston, y la misma que desde entonces se empeñó en transportar siempre que iba de gira, hasta que cometió el error de facturarla dentro de una maleta que nunca llegó a su destino, lo cual, por cierto, fue el verdadero origen de su aversión a la facturación de equipajes y de que incluyera en la cláusula de sus sucesivos conciertos que “bajo ningún pretexto y en ninguna circunstancia” estaba dispuesto a considerar que ninguno de sus bienes personales “trascendiera su campo visual o, en su defecto, el de algún representante suyo específicamente designado”.
A king of beasts indeed. If aught but beasts,
I had been still a happy king of men
Incluso en verano, cuando antes de las sesiones de lectura nos juntábamos para jugar al badminton en Rosedale Park, a menudo él también se nos unía, aunque jamás lo vimos con ropa deportiva, sino que a pesar del calor bochornoso traía invariablemente un suéter de lana de cuello alto y su distintiva gorra de cuadros, que un primo suyo le había comprado en Australia, y se sentaba siempre en su banco a leer novelas de ciencia-ficción o a estudiar partituras mientras canturreaba y se dirigía con la mano, exactamente igual que hacía en sus conciertos, al menos según dicen, pues a sus pocos amigos nos había rogado –y más tarde impuesto, de manera insistente y casi tiránica– que no asistiéramos a ninguno de ellos, ya que su táctica para soportar la obscena idolatría del público consistía en suprimirlo de su imaginación, tomarlo en conjunto y llegar al convencimiento de que no existía, lo que sólo podía hacer si el público le era absolutamente anónimo, por ese motivo siempre irrumpía en el escenario con la vista baja y negando la mínima atención a la sala, pues sabía que el mínimo vislumbre de un rostro aparentemente similar a uno vagamente conocido sería suficiente para desbaratar su necesaria operación substractiva.
And know not now what name to call myself
Fue precisamente una de esas tórridas tardes cuando, mientras los demás jugábamos al badminton, tuvo la idea de que alternásemos las obras de Shakespeare con improvisaciones dramáticas originales, sesiones que aprovechó para crear y desarrollar un pequeño repertorio de personajes, o más bien personalidades –Sir Nigel Twitt-Thornwaite, Duncan Haig-Guinnes, Karlheinz Klopweisser, Theodore Slutz, Sebastian Blind, Laura-Lydia Fazekas–, que aunque pronto adoptó de manera más o menos permanente e incluso llegó a representar en algún programa de televisión y de radio, nacieron para bromear con los amigos: cuántas veces me llamó de madrugada como uno de sus alter-egos, o bien fingiendo ser Pierre Boulez, Leonard Bernstein, Yehuda Menuhin, Igor Stravinsky, el primer ministro de Canadá, el presidente de la CBC, Donald Duck, mi esposa, algún conocido común, incluso la dueña del apartamento en que yo vivía y a la que sólo conocía de un breve encuentro hacía más de dos años, y aun después de haber descubierto la suplantación persistía en la broma hasta el final de la conferencia telefónica, que venía a durar entre dos y tres horas, y durante la cual él hablaba y hablaba y yo prácticamente sólo asentía, pues pronto comprendí que a él le bastaba con comprobar de tanto en tanto que yo le seguía al otro lado de la línea, como si mi testimonio diera consistencia a su monólogo, como si necesitara un interlocutor para no obstante conversar consigo mismo y desplegar su irreprimible pensamiento, de modo que normalmente yo le escuchaba medio dormido, incluso alguna vez profundamente dormido, con la oreja pegada al auricular que reposaba sobre la almohada, por supuesto entonces aún no sabía que él estaba grabando todas esas largas llamadas de principio a final para almacenarlas en el monumental archivo de más de siete mil horas de conversaciones telefónicas que sus albaceas apenas han empezado a escuchar, transcribir, catalogar y fechar de manera metódica.
This music mads me. Let it sound no more,
For though it have holp madmen to their wits,
In me it seems it will make wise men mad
A veces nos citábamos para almorzar en un barato restaurante chino de Cabbagetown, cuyo propietario lo agasajaba haciendo sonar sus Variaciones Goldberg, sospecho que más por astucia mercantil que por melomanía, si bien a él le agradaba de cualquier forma, de modo que se empeñaba en que dejáramos siempre una propina exorbitante, absolutamente desproporcionada tanto con el ridículo importe de la cuenta como con la ínfima calidad de la comida, y fue durante uno de esos almuerzos cuando me informó de que por fin había dado los pasos oportunos para finiquitar su carrera de concertista, y aunque por desgracia su agenda estaba repleta hasta 1964 –hablábamos en enero o febrero de 1958–, había prohibido a sus agentes que adquirieran nuevos compromisos, a lo que ellos por cierto primero habían asentido y sólo después, una vez que comprendieron que hablaba en serio y que ya no volvería a desdecirse, se habían escandalizado y conjurado con sus abogados, con los ejecutivos de Columbia Records y con algunas “amistades pecuniarias” para vaticinarle que abandonar los escenarios conllevaría dejar las grabaciones pianísticas, pues un artista que no comparece públicamente se vuelve desconocido e incluso inexistente para el público, el cual sólo compra discos de artistas existentes y preferiblemente conocidos, y al fin y al cabo los discos se graban para que el público sacie su apetito de comprarlos, y no para apilarlos en un almacén y venderlos después en rastros de baratillo, en pocas palabras para hacer dinero y no por su grado de excelencia pianística, que no deja de ser una apreciación subjetiva, mientras que los dividendos, aparte de pagar facturas, tienen la ventaja intrínseca de ser objetivos, le habían dicho, pese a lo que él estaba convencido de que seguiría grabando, es más, de que el futuro de la música está en los estudios de grabación y no en las salas de conciertos, dijo, donde la masa se congrega reunida por la misma fuerza que los atrae en torno a una demolición, una ejecución pública o una catástrofe, y en donde sólo muy excepcionalmente y por mero despiste aparece algún individuo con un interés genuino por el elemento musical de la comedia, el cual es a la larga irremisiblemente asfixiado por la parafernalia concomitante, dijo textualmente, de modo que el oyente genuino preferirá siempre quedarse en su casa y escuchar en privado la música que ama, sobre todo cuando el galopante desarrollo tecnológico le permita manipular las grabaciones para componer, por ejemplo, su propia reproducción favorita de una sonata de Beethoven con los mejores fragmentos de las múltiples versiones de distintos pianistas.
I’ll give my jewells for a set of beads
En invierno de 1963 me pidió ayuda para encontrar alojamiento en Toronto, un hogar en donde “aliviar su sistema nervioso de los estragos causados por veinte años de oscilación inconexa entre el populoso espanto de los escenarios y el espanto aislante de las habitaciones de hotel de medio planeta”, y tras visitar cuartos, estudios, apartamentos, dúplex, casas (de una, dos y tres plantas, con y sin jardín, con invernadero, con sistema de seguridad, con piscina) e incluso una antigua granja avícola a cuarenta millas de la ciudad, rodeada por un terreno baldío de casi cuatrocientos acres de silencio, acabó por instalarse en una minúscula buhardilla sin cocina, en la que milagrosamente pudieron introducir y después acomodarle sus dos pianos, y cuya única ventaja era que sólo quedaba a dos manzanas del apartamento en donde mi mujer y yo residíamos, al cual se asimiló de manera natural e inmediata, invitándose a desayunar, almorzar o cenar, o presentándose para tomar café, para ver la televisión o hacer una llamada telefónica, o bien para hacernos salir y seguirle a una tienda de discos, una librería o unos grandes almacenes, o arrastrarnos al cine para ver alguna película de la que presumiblemente acabaríamos teniendo que desertar porque “no se le puede conceder ni un segundo de crédito más a quienes se aprovechan del tiempo invertido por otros en la contemplación de sus exudaciones artísticas”, o bien venía simplemente para llevarse discos, libros, partituras, revistas e incluso una fotografía del banquete de boda de mis padres, que jamás devolvía, y que pasaban a integrarse orgánicamente en el caos de su habitáculo inhabitable –angostado por la acumulación de discos, casetes, volúmenes, carpetas, archivadores, hojas sueltas, libretas con anotaciones, cartas de admiradores, partituras, tazas, piezas de fruta, botellas de agua mineral, vasos de plástico, camisas planchadas y dobladas, con la etiqueta de reparto de la lavandería todavía sujeta al cuello por un alfiler (de los brazos de la lámpara colgaban perchas con pantalones oscuros y un racimo multicolor de corbatas)–, por donde sin embargo él se movía con el aplomo de un ángel en pleno Apocalipsis, creando y recreando obras musicales de inmoderada exigencia con una lucidez casi algebraica, lo que al cabo de los años me ha llevado a pensar que su talento consistía ante todo en una extraña clarividencia del orden, incluso en las condiciones de desorden más extremas –como las creadas por el método de “clasificar” sus miles de discos (a los que nadie más que él estaba autorizado a acercarse): cada vez que recargaba el tocadiscos, en lugar de devolver el que acababa de escuchar a su funda, lo guardaba en la funda del que se disponía a escuchar, reemplazo que, según decía, le ahorraba el 50% del trabajo manual, de modo que, cuando quería escuchar un disco, en lugar de sacarlo de su funda, lo sacaba de la funda de la que había sacado el que había escuchado inmediatamente después de él en la última escucha, y por más que tal sistema memorístico, que en ocasiones, para rastrear el paradero de la grabación deseada, lo llevaba a retrotraer cadenas de centenares de audiciones desde la presente, nos parezca una aberración clasificatoria, lo había seguido durante años sin extraviar ni un solo ejemplar–, y aun más, que las condiciones de orden con que nos dejamos arropar desde la cuna son el refugio de nuestra mentalidad inferior, perezosa e íntimamente vacilante.
Tell thou the lamentable tale of me,
And send the hearers weeping to their beds
Cuando empezó a grabar en New York para la CBS, la buhardilla (hoy santuario consagrado a su memoria) se convirtió en el almacén de sus bienes personales, al final materialmente inaccesible, pues cuando la dejó definitivamente, a principios de los 70, los empleados de la agencia de mudanzas tuvieron que descolgarse con garfios desde el tejado para, ante la perplejidad de los vecinos, forzar la ventana y poder empezar a vaciarla por ella pieza por pieza, como una madriguera de ladrones, que después trasladaron a su nueva y espaciosa mansión de Maple Leaf, en principio un obsequio de su compañía discográfica, una vivienda futurista, poligonal y de una blancura enigmática, con un estudio de grabación en el sótano adonde la CBS enviaba equipos de productores y técnicos norteamericanos, y que en realidad acabó siendo una prisión, y él un recluso, que le abolió todo límite teórico y práctico entre la vida privada y el trabajo, de modo que a partir de entonces –1973 o 1974– nadie que yo conozca volvió a frecuentarlo en persona, aunque siguiera comunicándose telefónicamente, proyectando siempre utópicas visitas, describiendo después los pormenores de sesiones de grabación maratónicas, en las que el resto del equipo se turnaba mientras él persistía despierto, cada vez más despierto, para controlar hasta la más minúscula porción de detalle, y terminando con la perturbada relación de sus males (pálpitos, ardores, úlceras, insomnio, tendinitis, sinusitis, gastroenteritis, jaquecas, anemias, arritmias, teniasis, tungiasis, diabetes, arterioesclerosis, soriasis, leishmaniasis, leptospirosis, fiebres de Marburgo, herpes, hematuria, hepatitis, hempotisis, cianosis), de los cuales vivían seis especialistas diferentes que, reservados los jueves para cualquier otra emergencia, se repartían los días de sus semanas, y aunque seguía al pie de la letra los seis distintos tratamientos simultáneamente, al parecer les ocultó no sólo la existencia de los otros cinco colegas, sino también que además se auto-diagnosticaba y se auto-prescribía medicamentos suplementarios, y lo que es peor que se estaba intoxicando de literatura pseudo-científica, la cual le había inspirado ideas como que pomos, timbres y pasamanos son focos de infecciones mortíferos, que los obesos son más sensibles al dolor (según un modesto estudio realizado en pacientes con artritis de rodilla), o que todos sus insufribles padecimientos se debían a que en alguna de sus giras internacionales se había quebrado el cordel que lo unía a su espíritu, y éste vagaba ahora por una tierra extranjera –“intérprete desalmado de música desalmada”, lo habían calificado en una crítica, refiriéndose a que apenas considerara el repertorio romántico–, aunque a decir verdad esta última idea no provenía de ninguna publicación, sino de un chamán al que se empeñó en que yo también visitara, y que finalmente me envió a mi propio domicilio, a lo que todavía hay que sumar su objeción vitalicia a cualquier práctica deportiva y que se alimentara casi exclusivamente de huevos revueltos y salami, que según sus agentes y administradores fue el detonante de un proceso mortal de degradación física, aunque los doctores lo achacasen a las condiciones de trabajo abusivas, y al abuso reiterado de fármacos los fabricantes de salami.
El arte de la fuga: Tercer movimiento
13/10/2011 § Dejar un comentario
Touring
En 1961 dio 23 conciertos.
En Detroit, con programa de Beethoven, exigió que rastrearan el escenario en busca de micrófonos.
En Hamilton, con programa de Bach, calculó, para tranquilizarse, los segundos de vida que hipotéticamente le quedarían al acabar el concierto, suponiendo que éste no durara más de dos horas y que él llegase a los sesenta, que resultaban ser 1.198.537.311.
En Toronto, con programa de Bach y Hindemith, mandó que en el intermedio sirvieran una copa “del mejor champagne” a todos los ocupantes de asientos impares, que se empeñó en pagar personalmente con un fajo exuberante.
En New York, con programa de Bach, un senador lo tomó por Arthur Rubinstein.
En Montreal, con programa de Bach y Strauss, mandó llamar a un carpintero para que rebajara la altura del piano catorce milímetros.
En New York, con programa de Krenek y Hindemith, el último en abandonar el coqueto auditorio fue un admirador que había fallecido de un infarto.
En Spokane, con programa de Bach, Mendelssohn y Brahms, mientras los Siegel se codeaban con el resto del público, la baby-sitter les sacudía a los niños.
En Vancouver, con programa de Beethoven, tocó la Appassionata cuatro veces en cuatro pianos distintos.
En Minneapolis, con programa de Beethoven, se hizo transportar los mismos cuatro pianos de Vancouver para reproducir exactamente el mismo espectáculo.
En Princeton, con programa de Schoenberg, Mozart y Bach, exigió que el público desfilara, al entrar y al salir de la sala, por un detector de metales.
En San Francisco, con programa de Beethoven, apareció encerrado en el servicio de señoras el cuerpo de un empresario barcelonés desaparecido hacía tres meses.
En San Louis, con programa de Beethoven, se negó a que le pasara las páginas de la partitura una joven bizca.
En New York, con programa de Bach, Schoenberg, Beethoven y Berg, se le coló en el camerino una admiradora para venderle un lote de seguros.
En Tel Aviv, con programa de Mozart y Beethoven, se negó a estrechar consecutivamente las manos de Gérard Philipe, Max Brod, la viuda de George Antheil y Béla Lugosi.
En Salt Lake City, con programa de Beethoven, donde por confusión se puso a la venta más del triple del aforo, los pasillos estaban atestados de damas y caballeros vestidos de etiqueta.
En Buffalo, con programa de Ogden, Beethoven y Bach, se fugó en el intermedio saltando por un ventanuco desde el segundo piso del auditorio.
En Washington, con programa de Schoenberg, Mozart y Bach, hizo que regalaran doscientas entradas a los internos de un hospicio de sordomudos y otras doscientas a los de un sanatorio de tuberculosos terminales.
En Berlín, con programa de Schoenberg, Mozart y Bach, un inspector de policía tomó del teclado sus huellas dactilares, las cuales se conservan hoy en el museo de Toronto que lleva su nombre.
En Londres, con programa de Beethoven, una duquesa se le acercó para ofrecerle su mano “o la de una de sus hijas”.
En Winnipeg, con programa de Brahms, no pudo sacarse ni por un instante de la cabeza la tonadilla de un célebre anuncio de colchones.
En Berkeley, con programa de Berg, Schoenberg, Hindemith, Krenek y Morawetz, acabó con cuarenta y seis de fiebre.
En Cleveland, con programa de Bach y Beethoven, tuvieron que instalarle en el escenario ocho calefactores portátiles, y aun así se presentó con un abrigo por encima del frac, tres vueltas de bufanda y sus famosos mitones.
En Denver, con programa de Bach y Strauss, tocó a Beethoven y acto seguido se enojó porque el programa se había confundido de programa.
El arte de la fuga: Segundo movimiento
08/10/2011 § Dejar un comentario
An Experiment in Listening
En general, apenas practicaba
me había acostumbrado a memorizar la partitura sin el teclado
la aprendía primero completa de memoria y sólo más adelante la trasladaba al piano
de modo que lo que guardaba era una visualización interna de la música, si es que tal expresión tiene algún sentido, una impresión abstracta, no sonora, y mucho menos táctil o digital
lo que era un método kamikaze, y que de hecho lo llevó en una ocasión al borde del colapso.
Tenía que tocar el Opus 109 de Beethoven en un auditorio provinciano de Kingston
cerca de Toronto
en el salón de actos de una casa de cultura, presumiblemente abarrotado de cabezas tumefactas, con las caras enrojecidas por la pesada digestión de una cena abundante y regada de alcohol, que no aguantarían ni diez minutos antes de empezar a dormitar o, en el mejor de los casos, sucumbir a la evocación de fantasías financieras
siempre que se enfrentaba a un compromiso menor se divertía programando alguna pieza que nunca antes hubiera tocado
el Opus 109 no es una pieza de las más exigentes
el Opus 109 no es una pieza precisamente ligera
sin embargo, en la quinta variación del último movimiento hay una parte vertiginosa
una sección diatónica en intervalos de sexta, acelerada, que exige cambiar a intervalos de tercera en una fracción de segundo
la mayoría de las interpretaciones que había escuchado por entonces, incluso las de los grandes, parecían enloquecer y desbocarse al atacar la variación quinta, la cual sólo puedo calificar de “disolvente”.
Con su habitual suficiencia, se hizo con la partitura sólo dos semanas antes de la cita en Kingston
la estudié de cabeza, como de costumbre, y sólo empecé a practicar una semana antes del concierto, lo que suena suicida
lo que era suicida
pero era mi manera de hacer las cosas, siempre había dado buenos resultados, y estoy seguro de que incluso con el Opus 109 habría seguido funcionando si no hubiera cometido un error psicológico absurdo, y es que, para cerciorarme de que yo no tendría ningún problema donde tantos otros habían fracasado, algo de lo que por lo demás me sentía plenamente seguro de antemano, quise empezar por esa misma variación tan temida
la variación quinta
la que había oído pulverizar a tantos pianistas
la que había pulverizado a tantos otros pianistas experimentados
la prueba definitiva de Beethoven
un Beethoven turbio, ensordecido y sombrío, diabólicamente inspirado para arrebatar la sublimidad a los sublimes
un ejercicio desenfrenado de mecanografía pianística
que suena como el escarnio sottovoce de la muerte.
Enseguida
comprendió que esta vez sus manos no tenían ni la mínima idea de cómo realizar lo que les dictaba la cabeza
por primera vez en toda mi carrera musical veía moverse mis manos sobre las teclas como una lagartija su cola amputada: estaba bloqueado
cualquier pianista mediocre habría sabido disimularlo o, por lo menos, despacharlo chapuceramente
TAta-TAta-TAta-TAta-tataTAta—tatata-tatata-tataTA-tatata-tataTA-tataTA— quemasdá-quemasdá
pero para él era una situación tan excepcional que el problema lo obsesionó y se le enquistó tanto que sólo tres días antes del recital no podía llegar a ese punto
la variación quinta
sin frenarse en seco, literalmente petrificado por su nueva e inexplicable incapacidad pianística
todavía puedo cambiar el programa, pensé, puedo saltarme la quinta variación e incluso el movimiento entero sin el menor riesgo de que nadie se dé cuenta, incluso puedo llamar y cancelar el concierto
mas lo que hizo fue probar con el Último Recurso.
A la derecha del piano coloqué una radio; a la izquierda, un televisor
los conectó a todo volumen y se puso a tocar el último movimiento del Opus 109
sonaban tan alto que, aunque estaba tocando, no podía oírme, no oía más que la atronadora cacofonía de los aparatos, pero seguía tocando, sin oír ni pensar si oía ni que no oía lo que estaba tocando, sin pensar en nada, sólo tocaba y tocaba y me dejaba llevar como en un baile, y al llegar a la quinta variación la toqué también de corrido, sin oír el error, sin sentir el error
que parecía haber desaparecido junto con su manifestación auditiva
y la toqué ochenta, noventa, cien veces seguidas, de principio a fin, la quinta variación
sin oírla, borrada por la vociferante conspiración estereofónica de la banalidad, la delectación catastrófico-macabra y el sentimentalismo mecanizados
poseído por ella, no sólo la podía tocar, sino que llegó a parecerme que ya nunca podría dejar de tocarla, que si me detenía jamás podría volver a sentarme a tocarla, quiero decir no sin antes conectar otra vez el televisor y la radio, así que no tenía sentido sencillamente levantarme y silenciar aquellos monstruos ensordecedores que al ocultármela me la hacían posible
pienso que aquel bucle de plenitud musical inaudible fue el mayor derroche artístico de la historia
había eludido una celada inmortal con una artimaña casera, pero de nada vale, pensé, si ahora no soy capaz de superarme en astucia
con sangre fría, se dio cuenta de que, en ciertos momentos, la variación liberaba alternativamente una de sus piernas
nunca más de un segundo o segundo y medio
dos a lo sumo si prolongaba el tempo, y él era un experto en la prolongación del tempo
así que
tras haber ponderado estratégicamente la distribución de las fuerzas enemigas y la oportunidad de su ataque
derribé el televisor de una patada
rabiosa que lo acalló para siempre, y apenas dos compases después
le solté un pisotón a la radio
que hizo crujir su coraza de plástico con un último estrépito
TAta-TAta-TAta-TAta-tataTAta—tatata-tatata-tataTA-tatata-tataTA-tatata—tatata-tataTA-tatata
Moraleja: el genio se distingue por la aportación de soluciones originales
pero aún más por la creación de problemas no menos originales para ellas.
El arte de la fuga: Primer movimiento.
03/10/2011 § 1 comentario
A pianist’s hands are sometimes injured in ways which cannot be predicted
Era un excéntrico. Aparecía siempre enfundado en un abrigo grueso, con bufanda y guantes y prendas de lana, lo que hizo que una vez lo arrestasen en Florida, “I guess they’re trying to preserve their image of being a very warm area”, dijo a su abogado, y era además un hipocondríaco antisocial y agresivo, que se negaba a estrechar manos, que andaba medio drogado, que inició un proceso judicial contra la casa de pianos Steinway porque uno de sus técnicos le había dado una palmada amistosa en la espalda, causándole, según él, una lesión muscular que a la larga trastornó su agenda de conciertos y que, por tanto, contribuyó sin duda a su fama de intérprete problemático, de “notorious canceler artist”, que en el fondo era lo único que le importaba, su fama, y no desde luego el público, al que en parte trataba de ignorar y en parte despreciaba con su franca y genuina arrogancia, dirigida sobre todo contra aquellos ridículos reseñistas para quienes el fenómeno artístico y musical permanecía ofuscado por sus “manierismos físicos (physical manierisms at the keyboard)”, su “postura invertebrada (invertebrate posture at the keyboard)”, sus “fantásticos éxtasis emocionales (fantastic emotional ecstasies at the keyboard)”, sus canturreos y tarareos de la pieza y la tendencia a dirigirla con una mano tan pronto como las exigencias de la partitura le permitían liberarla y despegarla unos segundos del teclado, y en consecuencia, a los treinta y un años, tan pronto como reunió la suficiente fortaleza –o fortuna, dicen– abandonó los escenarios para dedicarse únicamente a la grabación, el periodismo y la radio, con lo que su rareza paso del dominio público al privado, o más bien al semiprivado, pues por entonces ya se había vuelto una leyenda y toda la prensa y en general el mercado de consumo musical y artístico vivían pendientes de sus manías, por ejemplo que a menudo tocaba el piano con mitones, que metía las manos en agua hirviendo antes de cada sesión, que durante la guerra fría acudía a los ensayos con una máscara antigás por temor a un ataque nuclear, que clasificaba las ciudades del mundo por la calidad de sus pianos, destacando San Louis, Moscú, Berlín y Tel Aviv, aunque siempre que podía trasladaba consigo el viejo Steinway 174 que, de todos los instrumentos del planeta, consideraba el único plenamente afín a sus cualidades técnicas y su concepción puritana del sonido, que se negaba a beber agua embotellada de otra marca que Poland Water, que conducía como un suicida (“he tended to bang cars up”), que hacía espiritismo, que cancelaba vuelos si se lo aconsejaba el I Ching o si estaban relacionados con algún número gafe, que era adicto a los juegos de azar, a la mortadela enlatada, a las drogas, que se automedicaba regularmente con cortisona, nembutal, luminal, bevutal y hasta una docena en total de fármacos para dormir, para volar, para digerir, para controlar el flujo de la circulación sanguínea, para mantenerse lúcido al teclado y en definitiva sobrellevar “la artificial existencia de una estrella pianística”, que en algún momento había perdido el control de sus manos (“his hands were out of sync with his mind”), lo que había acelerado su retirada, y que por tanto ya apenas interpretaba música salvo prácticamente sólo en su cabeza, y eran otros, sus célebres “negros”, quienes tocaban lo que él les iba tarareando e indicaba con sus manos desquiciadas, marchitas, obteniendo centenares de versiones distintas de cada pieza, cuyos mejores fragmentos después seleccionaba y mezclaba, alternaba y montaba gracias a los prodigiosos avances de la tecnología, de modo que el primigenio talento musical acabó siendo un talento tecnológico, o músico-tecnológico, aunque bien pensado él destacó desde el principio y en cada momento de su carrera como prodigio músico-mnemotécnico, capaz de interiorizar y después recrear y perfeccionar la interpretación de las más complejas partituras lejos del piano, en un restaurante, en un avión, en una sala de espera, “I wish I could connect my brain directly to the keyboard or, even better, to the audience’s brains, thus avoding the material vicissitudes of the instrument to concentrate instead on the spiritual qualities inherent in the music”, llegó a decir, demostrando que sólo el virtuoso puede abjurar sin afectación del virtuosismo, mientras cierto sector de la prensa especializada demostraba a su vez que la mediocridad sólo se sublima en el magnicidio, tachándolo de “falsificador”, de “histrión”, de “tramposo”, de “mistificador electrónico” y otros burdos sarcasmos, adjetivos descalificativos y venenos verbales, y si tampoco se asentó en las páginas de la prensa rosa como un personaje simpático fue porque nunca asistía a cócteles ni jamás se le conoció una relación (sexual) de un género u otro, ni tan siquiera hacía bromas obscenas o por lo menos vulgares, algo extraordinario porque siempre estaba bromeando, hasta en el enojo o en la depresión más lacerantes bromeaba, tanto que había hecho de la broma una especie de seriedad sucedánea, por ejemplo había creado varios personajes paródicos a los que representaba alternativamente en entrevistas y en las largas conversaciones telefónicas de madrugada que mantenía con sus “amistades”, en las que siempre era él quien llamaba, y que con el tiempo acabaron siendo casi el único contacto que mantenía con el mundo exterior a su claustrofóbico apartamento de Toronto –incluso dictaba a sus secretarias toda su correspondencia telefónicamente–, en donde, como un vampiro, dormía de día y trabajaba de noche, concretamente en el estudio que había instalado en el sótano para, narcotizado o no, crear una serie de grabaciones pianísticas absolutamente geniales (Bach, sobre todo Bach, al que amaba y cuyo repertorio de contrapunto interpretó con más pureza y pericia que nadie, pero también Schoenberg, Mozart, Strauss e incluso Beethoven, pese a la repulsión que le provocaba la llamada música romántica).






