La ironía

03/06/2010 § Deja un comentario

No es fácil precisar en qué momento la ironía comienza a emponzoñar la percepción de la vida.

El proceso comienza por una observación insignificante, que pronto es relegada al olvido y después cuesta mucho recordar, aunque tan pronto como efectivamente se recuerda, en muchos casos con la llamada asistencia psicológica, tiende a magnificarse, si bien en su momento careció de la más mínima relevancia.

Digamos que un día, al poner la mesa, uno se da cuenta de que no hay ninguna razón para situar el tenedor a la izquierda del plato y el cuchillo a la derecha, porque no hay ninguna razón para sostener el tenedor con la mano izquierda y el cuchillo con la derecha, y yendo aun más lejos tampoco la hay (fuera del mero beneficio instrumental) para servirse de tenedor y cuchillo en lugar de darle dentelladas al filete de carne como un animal salvaje.

Digamos que en ese momento se abre una grieta finísima y apenas imperceptible en el sólido sistema de órdenes, leyes, principios y jerarquías con que el ser humano reglamenta y limita su vida y, en fin, ahoga o más bien disimula racionalmente su brutalidad de carnívoro.

Digamos que, a partir de ese momento, no hay ni un solo día en que esa grieta deje de ensancharse, agrandando también la distancia entre la voluntad y la marcha general del mundo, de modo que aunque se sigue viviendo más o menos de acuerdo con los preceptos de lo humano, las acciones carecen ahora de contenido positivo y pierden progresivamente la sincronía con el pensamiento.

Pensamiento y acción empiezan a fluir con independencia, como dos corrientes disociadas, o más bien el pensamiento fluye a velocidades y por vías antes desconocidas, mientras que la acción, vigilada por el cerebro con un escepticismo mortal, se estanca, se ralentiza, se vuelve pesada y sospechosa.

La vida entera acaba envuelta por una atmósfera de irrealidad, de teatralidad y de extravagancia difícil de conciliar con ningún pensamiento positivo. Se termina, en suma, viviendo el negativo de una vida.

Todo parece rococó. Todo resulta kitsch, artificial, estilizado.

Un día alguien lo acusa de falta de adherencia a la realidad. Pero la realidad es ésta: la vida es un escenario de papel maché.

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