Bolaño, Naipaul, Borges (IV)

11/06/2010 § Deja un comentario

Naipaul no parece entender que la grandeza de Borges se basa precisamente en las historias que él desprecia. Porque Borges no es un gran poeta. “Su conservatismo en poesía”, dice Enrique Lihn de un modo lúcido y certero, “se resuelve en un revival, en el arrastrar materiales literarios usados sin vivificarlos haciéndolos cambiar de función. (…) Su rima es de una pobreza poco común, con meros sonidos idénticos, en las antípodas de la rima semántica. (…) Borges rima como lo hacía Núñez de Arce o algunos modernistas tan desasistidos como José Santos Chocano. (…) Borges tampoco tiene un sentido mayor para la polisemia: su discurso es monosémico y gramaticalmente correcto, regular. Y francamente aunque no cuente historias, la poesía de Borges reprocesa muy a menudo el material narrativo y reflexivo de sus ensayos y ficciones con mucho menos suerte que en esos dos géneros. En suma, me parece un poeta anticuado y desprovisto de ciertos sentidos que son esenciales para hacer el tipo de poesía que nosotros reconocemos como poesía moderna.”

¿Cómo puede aceptar Naipaul la institución de Borges después de haber dinamitado sus fundamentos? Sin duda por pura condescendencia, por el respeto debido a “un argentino ciego y anciano” que escribe una poesía “dulce y melancólica”, un viejo chocho y un poco demente que se repite en las entrevistas como un disco rallado, siempre con las mismas bromas sobre los indios de la pampa, “previsibles y de mal gusto”, los mismos prejuicios infundados contra los españoles, las mismas observaciones sobre Chesterton, sobre Stevenson, sobre Kipling, las mismas historias de sus ancestros ingleses. Por muy mala leche que tenga, Naipaul sabe que no es decoroso ensañarse con un hombre  que al fin y al cabo vive al límite de sus posibilidades, un hombre que le ha abierto las puertas de su casa, o las de su despacho, o tal vez las dos, y que le ha concedido varias entrevistas sin rechistar, aunque después en todas dijera lo mismo. Para qué hacer leña del árbol caído, debe de haber pensado Naipaul. En el trasfondo de la pesadilla argentina, el anciano Borges le  debe haber resultado un personaje incluso entrañable, un ser humano disminuido pero en el fondo inofensivo, grotesco, digno de lástima. La de Borges, dice Naipaul, “es una representación curiosamente colonial”. “Como muchos argentinos”, dice Naipaul, “Borges tiene una idea de Argentina: lo que no coincida con ella debe ser rechazado”. Y entonces, con una ironía mortífera, fina como la estocada de una aguja de punto, añade: “Y Borges es el hombre más grande de Argentina.”

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