Bolaño, Naipaul, Borges (VII)

18/06/2010 § Deja un comentario

Cuanto más se adentra el lector en la crónica de Naipaul, más claras resultan las resonancias de temas perennes, temas que el lector creía agotados, pero que Naipaul resucita con tal vigor que vuelven a parecer relevantes. La fascinación de la civilización. El terror de la barbarie. ¿No es Naipaul un digno continuador de Joseph Conrad? El lector se encuentra ahora en el centro de la jungla, una jungla que Naipaul ha tejido para exponer la realidad argentina. Esta jungla es un tapiz de los horrores donde el mal se da la mano con la obsesión, donde la enfermedad social se refleja en la morbosidad personal de un escritor avergonzado por sus orígenes coloniales y desquiciado por una carta reciente de su amante argentina. La mujer le comunica que está preñada por tercera vez, pero que se dispone a tomar las medidas oportunas para deshacerse de otro hijo del que el escritor tampoco estaría dispuesto a responsabilizarse.

Tampoco Argentina está dispuesta a responsabilizarse de los argentinos. En esto radica la esterilidad del país que detecta el sismógrafo de Naipaul, y no en que no haya producido a ningún gran hombre, como él afirma. Lo realmente preocupante es que Argentina no está dispuesta a responsabilizarse de los hombres que produce, sean estos grandes o pequeños, hombres o mujeres, deseados o accidentales. Argentina los aborta en una cuneta, los expone al dolor, al salvajismo, a la barbarie. Pero el verdadero cáncer de la Argentina de los años setenta es la exhibición de la barbarie, o, para ser precisos, la exhibición de ciertas prácticas sociales que en los países civilizados se realizan de manera soterrada y encubierta. “El simbolismo es crudo; la sociedad no es sutil”, dictamina Naipaul. “La tuve en el culo, así es como el macho informa de su victoria en su círculo”, dice. Lo que Naipaul no soporta de los argentinos no es la sodomía, la cual sin duda él mismo practica, sino la arrogancia de la sodomía. No es la tortura, la cual él mismo practica a pequeña escala, sino la institución de la tortura, la tortura infiltrada en la ideología nacional, en el lenguaje, en los circuitos vitales.

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