Tarkovski en Europa

27/06/2010 § Deja un comentario

Noviembre de 1985. Andrei Tarkovski lleva más de tres años exiliado. Tras unos meses en Italia, se traslada a Berlín (“una ciudad espantosa, fantasmal, una verdadera ruina, la ciudad es como una dentadura a la que le faltan piezas, nadie se ha tomado la molestia de repararla, nuevas casas crecen sobre los escombros, viviendas modernas, deprimentes, como si todavía estuvieran en guerra, una ciudad sumida en el pasado, en la desgracia, el dolor es como una esfera a la que le das vueltas sin encontrar ni una arista”). De allí pasa a París, a Estocolmo, a Londres, antes de volver a Roma para pedir ayuda al Ministerio de Asuntos Exteriores italiano (Tarkovski intenta que las autoridades soviéticas dejen salir del país a su hijo). Deambula, recibe noticias de Moscú (malas, siempre malas, cuando no simplemente siniestras), ve películas (todas le parecen horribles, repugnantes, enfermizas), acumula proyectos (proyectos extraños, desesperados, irrealizables: filmar una puesta de sol durante dos horas, filmar a alguien leyendo Anna Karenina… pero al menos proyectos: un hombre con proyectos es como un reloj de cuerda con cuerda; lo que importa es seguir adelante, agotar la vida).

No quiero seguir viviendo, escribe en uno de sus días más oscuros. Y también: Me he perdido. No puedo vivir en Rusia ni tampoco aquí. Y luego: El gobierno, ¿qué culpa tiene el gobierno? El único mal de los gobiernos es amparar los actos criminales de unos individuos contra otros. E incluso: Me irrita la alegría de los italianos. Cada risa que veo no es más que un espasmo del alma. ¿De dónde proviene esta alegría? ¿En que se basa? Es como el olor de la comida barata. Sólo los viejos, que están más allá del dolor, o los niños, que aún no lo han sufrido, tienen derecho a la alegría El resto, llanamente, son insensatos que no han comprendido nada. ¿Abolir el sufrimiento? Todo lo que se puede abolir es la expresión del sufrimiento, porque el sufrimiento es una condición esencial de la vida. El dolor ennoblece, y sólo una sociedad enferma, débil y enloquecida puede llegar a la idea de que eliminarlo supone un perfeccionamiento, un desarrollo. La anulación del sufrimiento sólo puede ser aparente. El dolor se borra de la superficie, y al resultado de esta operación de maquillaje se le llama alegría. Entonces se genera una situación social esquizofrénica, en la que internamente se sufre, como es natural, mientras que externamente todo el mundo ha de mostrarse alegre. Pero el dolor silenciado, privado de su expresión, es como el agua en ebullición, y acabará haciendo saltar la tapa de la olla.

Una noche recibe un homenaje íntimo de sus colegas italianos. El anfitrión es Antonioni. La fiesta, que ha sido preparada con prodigalidad, tiene como plato fuerte un discurso del homenajeado. Sin embargo, cuando llega el momento previsto, el cual coincide con los postres, se descubre que el intérprete (un novelista ruso exiliado) se ha excedido de tal manera con el alcohol que no es capaz de enlazar dos palabras (ni en italiano ni en ruso). Amigos, dice Antonioni, un incidente tan lamentable no debería empañar la ocasión de celebrar la presencia de nuestro invitado y amigo (etcétera, etcétera). Todo se arregla con un brindis. Con el gesto de llevarse la copa a los labios congelado a medio camino, Tarkovski, quien literalmente nunca ha tenido dinero ni para cambiar el sofá, pasea la mirada por las amplias paredes de la mansión de Antonioni. Lo hace con total parsimonia, con la misma lentitud con que desplaza la cámara en sus películas, escrutando de una manera obscenamente interminable. Ve cuadros, repisas, jarrones, tapices, mamparas, platos, paneles, espejos, estatuas, estantes, focos, cortinas… La mirada de Tarkovski es como la boca de un pozo, piensa Fellini, que por un momento ve el rostro tenso y ceñudo del director ruso bajo una nueva luz (o una nueva oscuridad), como si su invitado fuera un mártir religioso o un asesino embravecido. Este fanático podría soportar la mutilación, pero no la mentira, se dice. No me extraña que tuviera a todo el medio cinematográfico soviético en contra. Entonces Tarkovski bebe y el espejismo se disipa: el director ruso vuelve a ser un director ruso, la copa una copa, la noche es joven, abran otra botella.

Tarkovski, cada vez más borracho, se pasa la noche repitiendo la misma broma macabra a todos los invitados. También el cine habla siempre en una lengua extranjera, dice. Pero nadie habla ruso.

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