El amor no es más que la alegría (II)

06/07/2010 § Deja un comentario

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Ésta es la realidad del deseo: su persistencia insaciable, su constancia.

Un deseo sin objeto es un deseo sin causa, un deseo cuyo móvil es el deseo, el cual no es ni siquiera un acto, apenas un impulso. El deseo no puede ser satisfecho: ha sido acuñado con una causa nominal y ficticia, es como un billete falso puesto en circulación, su valor depende sólo de un acto de fe y confianza.

El deseo no aspira a su consecución. No importa que consiga “lo que deseo”, es decir, lo que me digo y me creo que deseo: como el deseo persiste, pronto le daré un nuevo nombre, una nueva intención, un nuevo objeto.

Pronto aprendo que mi deseo atesora su impotencia, su indecisión. Lo que deseo es seguir deseando, inyectarme el placer de no alcanzar el fin, saborear este aplazamiento infinito.

No deseo nada, si acaso deseo desear.

El único fin del deseo es el deseo.

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Un hombre casado pasa años enamorado de la misma mujer, casada también, sin llegar a realizar su amor. O bien realizándolo, mas de una manera singular. Aunque nunca se acuesta con ella, la frecuenta, o más bien los frecuenta, pues jamás la ve sin su marido, y la colma (los colma) de favores. Gracias al enamorado, que es un hombre rico e influyente, la pareja entra en la elite local y se acomoda en ella. Pronto se les incluye en la lista de figurantes de todo acto social. Además, el enamorado los saca a menudo a cenar, pagando él la cuenta, siempre exorbitante, e incluso corre tácitamente con los gastos de las fiestas y banquetes que ellos deben organizar para corresponder a las que son invitados. Cuando pueden, se los lleva de viaje, alojándolos en una suite, siempre mejor que la suya. Pone a su disposición un BMW con chofer, les paga las cuotas de clubes deportivos y los abonos de auditorios y teatros. A él, que tiene pretensiones artísticas, le abre las puertas de las mejores galerías, y le cuelga cuadros en salones, despachos, sedes sociales, oficinas y vestíbulos. Así es como, al cabo de unos años, la pareja puede hasta permitirse la adquisición de un piso en Venecia. Nuestro capricho, le llaman. El marido, no cabe duda, se beneficia de la situación con cinismo. Dame pan y llámame perro. En un banquete, con una copa en la mano y una torva sonrisa de borracho, contempla al enamorado pelar una naranja para su esposa, la cual le ofrenda, delicadamente, gajo por gajo.

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