El almacén de ropa china

21/07/2010 § 1 comentario

Yo trabajaba de vendedor en un almacén de ropa china.

Las prendas eran baratas y sencillas. No olían a tejidos manufacturados, sino a intimidad y colada. Colgaban de perchas en largas filas inmóviles, entre las cuales corrían los pasillos como desfiladeros luminosos, como pistas de patinaje flanqueadas por el algodón tornasolado de mangas y perneras.

La abundancia de prendas vacías me hacía imaginar lo que habrían cubierto: cuerpos aletargados, fortuitos, carnes desnudas o en paños menores (escolares pálidos, damas líricas, abuelos tumefactos). Vello. Y tatuajes. Y transpiración. Y cicatrices.

Entra un cliente que hace sonar el cascabel vivaz de la puerta, un taconeo se enseñorea del almacén. En alguna parte hay ahora dedos que tocan, ojos que solicitan, pensamientos nacientes: vida. Vida que viene a añadirse a la quietud como un pálpito a la noche. Cavilación. Expectativa. Y la tensión de la ropa al saberse examinada.

Pero, tan pronto como advierte que es el único cliente en un espacio tan vasto y tan poblado de mercancía, lo incomoda un sentimiento de profanación y de duda.

Y sale.

Pues, con todo este vestuario humilde y, para qué callarlo, pasado de moda y malogrado, el almacén parece más bien que un comercio el guardarropa de los ajusticiados.

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