La pérdida de la inocencia: De “El fugitivo” (1993) a “El jardinero constante” (2005)

23/07/2010 § Deja un comentario

The Fugitive (1993) y The Constant Gardener (2005) cuentan la misma historia con doce años de diferencia. Esos doce años significan el paso de una era de fe a una de total desconfianza.

En ambas hay un protagonista honesto que se enfrenta a un sistema social enemigo. En El fugitivo, el mal se concentra e identifica en un solo personaje, rodeado de sus patéticos sicarios. La inocencia todavía tiene un fundamento real, todavía importa. La policía aún tiene buenas intenciones, a pesar de perseguir a hombre equivocado. La policía es buena. Sin embargo, o bien es rematadamente inepta, como los oficiales que se encargan de escoltar a Harrison Ford al principio de la película, o bien tiene la mala fortuna de seguir una pista falsa, como el equipo de investigadores encabezado por el eficiente cazador Tommy Lee Jones. Los medios de persecución son grandes, extensos, están tan bien movilizados que da la impresión de tratarse de una sociedad ultra totalitaria, un mundo que refleja al nuestro a grandes rasgos, aunque abusa del arquetipo (el médico honrado, el empresario farmacéutico corrupto, el policía de hierro, el asesino sin escrúpulos) y en ocasiones roza lo grotesco. El final ofrece la ilusión de los cuentos de hadas: redención para el inocente y castigo para el culpable. Se trata de la más pura disociación fetichista del je sais bien, mais quand même… Sé de sobra que el mundo está corrupto, que el dinero manda, que la vida de una persona tiene un pobre valor monetario, que el crimen no es ya ni siquiera un acto de crueldad sino sólo una cuestión de negocios. Con todo, cuando veo una película espero (y hasta exijo) la redención final que no encuentro en la realidad, acompañada de cierta exageración, cierta estilización típicamente cinematográfica que separe película y realidad. Espero (y exijo) que la película proclame una disociación de la misma realidad con la que da la ilusión de identificarse. Espero (y exijo) que la película sea irónica hasta el punto de resultar irreal. El público compra una fantasía, la fantasía de la venganza última del mal, pero no quiere que lo tomen por idiota dando a entender que verdaderamente cree que tal esperanza está fundada.

En El jardinero constante, el mal lo alcanza todo. Salvo, como es de esperar, al jardinero constante y su esposa. El jardinero es, además de un hombre honrado, un diplomático despistado de la diplomacia. Como en El fugitivo, la esposa del protagonista es asesinada. Como en El fugitivo, el responsable es el mejor amigo del protagonista. La diferencia es que el sistema legal que constituye el tejido social en el que el héroe se ve envuelto como en una tela de araña no lo constituye ya la inepta pero leal policía de la primera película, sino una corrupta red de individuos y corporaciones sin escrúpulos que terminan venciendo. El protagonista es sacrificado al final, la muerte brutal es la única manera de preservar su inocencia. El mal no está encarnado ya en un único sujeto fácil de eliminar. El mal, y qué bien lo sabemos, es un hilado complejo y profundo, intrincado en tramas sociales en cuya estructura se diluye la responsabilidad, pues no se puede rastrear el mal hasta encontrar un punto focal, un centro de irradiación, sino que toda la filigrana del mal es como el diseño de un vasto mandala que, sin interrumpir el trazo en ningún punto, termina exactamente donde comienza, sin dejar lugar a la culpa individual. La misma imagen de cáncer social aparece en la última película de Roman Polanski, The Ghost Writer (2010), sazonada con el humor negro del director polaco.

Ambas películas son ideológicas. El fugitivo porque le salva la cara al sistema distinguiendo entre los perseguidores a los buenos y los malos, a los que sólo cumplen con su deber y los que actúan por interés personal y movidos por el dinero. La ideología de El jardinero constante es un poco más tortuosa. El pesimismo radical de esta película contrasta con su virtuosismo técnico, y así no alcanza nunca a ser denuncia. Al contrario, convierte el espectáculo del crimen global en una comodidad, un bien de consumo. Je sais bien, mais quand même… Sé de sobra que el mal alcanza escala planetaria, pero con todo lo que veo ahora es sólo un filme, un producto que me ofrece la ilusión de ver la realidad tal como es, al mismo tiempo que proclama su fantasía no ya mediante excesos irónicos, sino gracias a un esteticismo que sofoca la contundencia del mensaje.

Comprendemos ahora que el paso real dado entre 1993 y 2005 no nos ha llevado de la fe infundada a la desconfianza prudente, sino de la ingenuidad insensata  al puro cinismo.

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