Kindelan

25/09/2010 § 2 comentarios

Mi primer encuentro con Kindelan tiene lugar un lunes de septiembre de 2009 en su despacho de la Universidad de Princeton. Kindelan, a quien nunca he visto antes, es un hombre de unos 50 años, delgado y completamente calvo, de aspecto triste, de una tristeza singular, profunda, tocado con un sombrero de detective y la camisa un poco salida del pantalón, lo que permite apreciar que se trata de una prenda larguísima, una prenda demasiado grande para él, aunque bien mirado no se trata sólo de la camisa, en realidad toda la ropa le queda un poco grande, siendo justos grandísima, como si él hubiera encogido o la hubiera comprado sin preocuparse del tallaje. Me sorprende que tenga una tarjeta con la bandera de Hungría sobre el escritorio. Mi mujer es húngara, me dice. Él mismo vivió dos años allí, en una ciudad llamada Debrecen. Una ciudad de más de doscientos mil habitantes, los húngaros la llaman el pueblo más grande de Europa, dice con tono nostálgico, con una nostalgia sin duda irónica, pero que entonces me parece de una seriedad absoluta. Se puede tener nostalgia de un lugar, pero también de un momento, dice. Habitar el presente como un país extranjero, dice. ¿En qué está trabajando ahora Kindelan? Ya no escribe. Desde hace un año y medio sólo pinta. ¿Me gustaría ver alguno de sus cuadros? Lo primero que me muestra son algunos acrílicos que imitan el estilo de Pollock y que, salvando las distancias con el original, podría decirse que están bastante logrados. Los sigue una serie de cuadros que representan ladrillos, mucho menos convincentes, se miren como se miren. Mi padre trabajaba en una fábrica de ladrillos, me dice. Por último llegan los retratos. ¿Qué se puede decir de los retratos? Cuando representa figuras humanas, Kindelan es un dibujante penoso, y es tan obvio que no me siento capaz de mentir, así que intento mantener el centro de gravedad de la conversación en los cuadros más abstractos para no tener que pronunciarme sobre los otros. Cuanto más miro los retratos y autorretratos, más lamentables y deprimentes me parecen, tanto que empiezo a sospechar que hay algo que no funciona bien del todo en la cabeza de Kindelan. No hablo de una locura terminal, sino de una psicología desquiciada, una cabeza vuelta del revés, como la vida en una ciudad sitiada. El loco no es un ser disminuido, sino una maquinaria ineficaz, me dirá tiempo después el mismo Kindelan. Y yo lo anotaré, como anotaré otras palabras suyas que también vienen al caso ahora: Una sociedad que desarrolla las formas más sofisticadas de represión desarrolla también las formas más sofisticadas de paranoia. Mientras paso por tercera vez la docena de láminas que me ha dejado, él pone música en un reproductor de CD portátil. Leonard Cohen. Sobre el escritorio tiene además un disco de The Kinks (Arthur: or The Decline & Fall of the British Empire) y otro de Joni Mitchell (Hits). Alcanzo a ver también una hoja de formato A-3 llena de YOU y de I, una lista que empieza por el número 13 (¿dónde estará la primera página?, me pregunto) y que Kindelan dobla y guarda en un cajón cuando me ve merodear en torno a sus efectos personales. Lo estoy pasando mal, me dice, por eso intento mantenerme activo. ¿A qué tipo de actividad se refiere? Básicamente a la pintura. Su mujer y él se divorciaron hace un año, o más bien se separaron hace un año y llevan un año tramitando el divorcio, después de pasar quince años casados, una década y media casados, dice Kindelan, la mitad de los noventa y buena parte del nuevo milenio, qué maravilla vivir en el gozne de los milenios, aunque sea en el infierno de un matrimonio fallido, dice. Me enseña más pinturas. Dos de ellas también imitan a Pollock, y en definitiva ese estilo es el único en que Kindelan es capaz de obtener resultados decentes. Las demás representan a una mujer vista de frente, dibujada de una manera muy simple, sin relieves, simplemente el contorno, con los brazos en jarra, las caderas anchas y redondeadas, los pechos desproporcionados y completamente redondos, sin duda trazados con una moneda de 25 centavos. La mujer es siempre la misma, o más bien los contornos son siempre los mismos, lo que varía de una lámina a otra son los colores del vestido, y después también la forma, en la penúltima aparece en paños menores y en la última desnuda del todo. También hay cambios en el color del fondo, que es siempre plano y sin matices, como en realidad todos los colores que usa Kindelan. Hay un dibujo particularmente horrible: en él la piel de la mujer es de color rosado, un color inhumano y anormal que recuerda a los cerdos de los dibujos animados o al color con el cual, por falta de discriminación y de pinturas, se pinta la piel humana en el parvulario. Al parecer alguien le ha comentado que esos dibujos son una mezcla de Klimt y Matisse. Esa persona entendió de un vistazo lo que estoy tratando de hacer, dice Kindelan. La mujer de los dibujos es mi ex mujer, dice. Y me muestra la fotografía que usó como modelo. En la fotografía ella es menos voluptuosa, su figura de hecho es casi rectilínea. Es obvio que Kindelan es un pintor platónico, que no ha dibujado a su mujer, sino la idea de una mujer. Caderas amplias, pechos voluminosos. Dos ojos, dos orejas, dos piernas, dos manos. Me pregunto si se habrá masturbado con esos dibujos, si son la exudación de una sexualidad reprimida o simplemente una nostalgia descontrolada. En cualquier caso, son un espectáculo penoso. Kindelan, infatigable, me muestra también un par de láminas de empapelado que representan paredes de ladrillos, al parecer diseñadas para su habitación, por la que paga, según me dice, 500 dólares. En la casa viven además dos estudiantes que preparan el doctorado en literatura. Ambos se pasan la vida encerrados en sus habitaciones, seguramente perdiendo el tiempo en Internet en lugar de leer como deberían. La plaga de las computadoras, dice Kindelan. Útiles, pero adictivas. Las computadoras son hoy como las drogas en los 70, dice. No le gusta la casa en la que vive, no sólo por los compañeros de alojamiento, contra los que no tiene nada personal, ni siquiera como tipos humanos puede decirse que los desprecie ni aun menos que los odie. Se trata simplemente del espacio. Los fines de semana, cuando el departamento de español está cerrado, él viene de todos modos para trabajar en sus obras, me dice señalando el escritorio. Es más espacioso que su habitación, mucho más cómodo. En realidad no está contento en donde vive. Me pregunta si sé de algún lugar en Princeton. No tan barato, le digo. Kindelan está cansado de Princeton. Hace años que acaricia la idea de abandonar la enseñanza, vender todos sus libros e irse a Amsterdam. Alguien le ha prestado una guitarra, y si todo le fuera bien tocando en la calle y vendiendo sus cuadros, pronto podría comprarse la suya propia. Si no fuera por su hijo, se iría mañana mismo. Se habría ido ya. Pronto me da a entender que el que debe irse soy yo. ¿Me gustaría llevarme algún libro conmigo?, me pregunta. En el despacho tiene miles de libros, la mayoría empaquetados, están allí desde que se separó de su mujer, la habitación donde vive es un lugar provisional, un lugar de paso, donde no quiere echar raíces, donde no podría aun de quererlo, me dice. Y me ofrece una copia barata de Leaves of Grass de Walt Whitman y un par de libros de cocina. Después, mientras los hojeo simulando interés,  se pone a revolver entre sus papeles y saca de entre ellos unos poemas de Picasso. Son adorables, dice. Me recuerdan a W. C. Williams, le digo después de mirarlos por encima. W. C. Williams era de aquí, me dice, de New Jersey. En concreto de Patterson. Pero aquí nadie lo valora, aunque está a la altura de Pound o de Eliot. Le doy la razón, a pesar de que Kindelan hable del poeta con un cierto deje de maniaco. Williams se movía igual por círculos artísticos que por hospitales, dice. Sus cuentos de médicos son prodigiosos. El lenguaje parece registrado con un magnetófono, tal vez lo llevara siempre encima, aunque lo más probable es que lo fijara todo en la memoria, como hacen los músicos. Sus poemas, de hecho, tienen un ritmo de naturaleza musical. Influyó mucho en gente como Ginsberg, dice. Le digo que Ginsberg no me gusta, que me parece un poeta demasiado obvio. Kindelan parece sorprendido, casi ofendido. Pero pronto se serena. Usted es todavía un recién llegado, dice. Ginsberg carece de interés para quien no conozca bien Norteamérica. Sin embargo, W. C. Williams es universal, dice, dando por zanjada la cuestión. De la poesía salta de nuevo a su mujer, con la que al parecer no logra ponerse de acuerdo en cuanto a la custodia del hijo. Y ahora ella llora y le telefonea llorando, pero qué puede hacer él. Ella se lo quiere llevar a Hungría, con su familia, y eso Kindelan no puede consentirlo. Por una vez, la ley está de su parte. Ella firmó los papeles, me dice. ¿Qué carajo pensaba?

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