El caso del pianista R (I)

28/09/2010 § Deja un comentario

No estoy a favor de una felicidad premeditada…
Osip Mandelstam

El caso del pianista R, que algunos han llamado infortunado, merece un tratamiento objetivo.

El 9 de mayo de 1954, R ofrece un recital con obras de Schumann y Liszt en el Conservatorio de Moscú. Entre el público está Glenn Gould, quien al final del concierto se dirige a R y le expresa su admiración, aunque es bien sabido que Gould despreciaba el repertorio romántico, exceptuando tal vez a Beethoven, al que sin embargo interpretó siempre de una manera controvertida y decididamente antirromántica. ¿Por qué en las Partitas de Bach no toca todas las repeticiones?, le pregunta R. Gould se ríe. A R le parece una traición a la partitura, una traición a Bach, a la solemnidad, al decoro, a la música. Pero Gould se ríe. Intento evitar las repeticiones, dice, tanto como las explicaciones. Las repeticiones me resultan pedantes, dice, las explicaciones, mórbidas. A continuación dice algo más, pero habla demasiado rápido para el inglés rudimentario y libresco de R, quien apenas comprende lo que sigue. Por suerte llega una intérprete y pone término al momento de incomodidad. Es fácil entenderse por medio de un intérprete, piensa R. Si ya el lenguaje iguala, piensa, el intérprete neutraliza todavía más lo individual, lo genuino, donde acecha siempre una agresividad latente, un peligro. Tampoco el intérprete respeta la partitura, piensa. La partitura, piensa, ya no la respeta nadie. El intérprete monologa, mientras los interpretados escuchan sus fantasías interpretativas, piensa R, quien después del concierto se encuentra agotado y en un estado mental rayano al delirio. La intérprete es una mujer de gafas, la misma que aparece en la fotografía que congela y documenta el encuentro de los dos genios pianísticos, el norteamericano y el ruso (la juventud y la madurez, la vanidad y la humildad, la frivolidad y la fidelidad, la coquetería y el ascetismo, el estudio de grabaciones y la sala de conciertos). En la fotografía hay un enigmático 95 escrito sobre el hombro de R, un número sobre el que se podría especular larga y generosamente, entregándose al género de embriaguez verbal que precisamente fomenta los enigmas, a un ejercicio de preguntas aleatorias y respuestas gratuitas y armadas de alucinación y verosimilitud, cuya solemnidad no es más que un espejismo creado por el movimiento de la palabra, si no fuera porque el caso del pianista R merece un tratamiento objetivo.

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