El caso del pianista R (II)

03/10/2010 § Deja un comentario

Esa misma noche, R tiene un segundo encuentro.

A la salida del Conservatorio lo espera una mujer. Es una mujer pequeña, delgada, con un pañuelo verde en la cabeza. R la reconoce de inmediato. Se trata de una vecina de sus padres en Odessa, aunque ahora ella vive en Moscú, le dice. R, que está al borde del agotamiento, la deja llevar todo el peso de la conversación mientras mira en torno en busca de un taxi que le permita despedirse y librarse de ella. Pero es muy tarde. Demasiado tarde, piensa R. La plaza está desierta. La mujer le pregunta por su madre, Anna Pavlovna. R le dice que no la ha visto ni apenas sabe de ella desde que dejara la URSS en 1941. Son ya catorce años, le dice. Sí, catorce años, repite, sorprendiéndose por la objetividad de las cifras. ¿Ha vuelto a casarse?, pregunta ella. R miente: Cómo voy a saberlo, mi madre vive en otro mundo, le dice mientras piensa: Aquí la vida se ha reducido a estratagemas de supervivencia. Entonces la ex vecina aguza su cara de ave rapaz (de halcón, de gavilán, de águila ratonera) y empieza a hablar de su padre, sin tardar en llegar exactamente a dónde quería, a la muerte de su padre. Hace una conjetura, o tal vez se trata de un testimonio, o algo a medio camino entre testimonio y conjetura, en cualquier caso se trata de una confidencia. El responsable de la muerte de su padre, le dice, fue Sergei Klímov. Al parecer, poco antes de que arrestaran a Theofil Danilovich, dice, Klímov le había hablado (se había jactado) de una carta a las autoridades alemanas en la que había puesto los puntos sobre las íes, dijo, y que iba a tener consecuencias muy graves. La carta, le había dicho Klímov a la mujer, la había redactado en su condición de ciudadano alemán, la que durante años había tenido que ocultar y no le había acarreado más que amarguras y que, tras la ocupación de Odessa, por fin iba a rendirle sus primeros beneficios, había dicho Klímov frotándose las manos. En aquel momento, le dice la mujer a R, las palabras de Sergei Klímov le habían parecido parte de la locura ambiental (la alucinación crepuscular de una mente atenazada, la exudación biliosa de un cerebro dañado), hasta que el fusilamiento de su padre, Theofil Danilovich, les dio un sentido más nítido, como cuando se desempaña un cristal y de repente se ve con precisión la deformidad que acecha al otro lado. Como R no dice nada, la mujer le pregunta: ¿Se acuerda de Sergei Klímov, maestro? R le dice primero que no, después que sí, que vagamente. No le dice (no puede decirle, aunque probablemente la ex vecina ya lo sabe) que Sergei Klímov es el nuevo esposo de su madre, Anna Pavlovna, el hombre con el que su madre dejó la URSS después de que los alemanes sacaran de casa a su esposo (su padre) para fusilarlo.

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