El caso del pianista R (III)

14/10/2010 § Deja un comentario

Los hilos de la historia habían empezado a enredarse en 1932.

Poco después de que R manifestara el deseo de seguir una carrera musical, su madre había comenzado a poner por las nubes a un profesor de teoría y composición que ofrecía clases particulares en su domicilio. Al parecer se trataba de un hombre brillantísimo que había pasado por tres universidades, estudiando materias tan dispares como derecho, geología y música. Incluso había sido discípulo de Taneyev en San Petersburgo. Sin embargo, había dicho Anna Pavlovna, por alguna razón que no venía al caso había caído en desgracia y las autoridades llevaban años negándole trabajo en cualquier conservatorio u orquesta, e incluso le habían vetado actuaciones en los teatros más miserables, donde se tocaba por un puñado de azúcar o una bolsa de patatas. Por eso, dijo, el infeliz malvive de la caridad de unos pocos discípulos a los que recibe en su habitación de la calle L, en donde lleva años parapetado esperando lo peor. No está nada claro hasta qué punto conocía entonces Anna Pavlovna a Sergei Klímov, pero es muy probable que sólo intimara con él un tiempo después, aprovechando las visitas regulares para llevar y recoger a R. En cualquier caso, no pudo tratarse de mucho tiempo después, pues R sólo asistió a las clases durante diez semanas. Esos dos meses y medio, que Anna Pavlovna aprovechó para intimar con el profesor de música de su hijo, fueron sin embargo el periodo más musicalmente perdido de la vida de R. En resumen, no aprendió nada. Tan pronto como Klímov, quien daba las clases desde la cama, en pijama, a la luz raquítica de una lámpara de pantalla marrón, sin ni siquiera dignarse a mirar a sus alumnos, abría la boca, R empezaba a dormitar o a soñar despierto. Durante la Revolución, les contó Klímov a su madre y a él, había pasado una semana en una celda, mientras fuera se revisaban cargos de espionaje que podrían haberle costado la vida. Era patente que aquella semana de incertidumbre mortal había desajustado su interior de un modo irreparable, causándole un tic facial transitorio, que iba y volvía dependiendo de su estado de ánimo, y una logomanía y una paranoia crónicas. O al menos eso pensó entonces R. La verdad, aunque esto sólo lo supo años más tarde, era que Klímov no había llegado a ser encarcelado. Klímov, hijo de un oficial alemán al servicio del Zar, había tenido que ocultarse después de que la Revolución se cobrara la vida de su padre. Fue entonces cuando huyó de Moscú a Odessa, donde algunos amigos lo ayudaron a cambiar de identidad, no por última vez, y quizá tampoco por primera, e incluso le consiguieron un puesto en el Conservatorio. Sin embargo, Klímov no las tenía todas consigo. Al contrario, pasaba las clases en un constante estado de pánico, disparando palabras como una ametralladora, mientras miraba de reojo por la ventanilla que había en la puerta si alguien lo esperaba para arrestarlo, asumiendo, en la ofuscación de su locura, que los de la NKVD no se atreverían a interrumpir sus disertaciones maníaco-musicales. Klímov paseaba de un lado a otro de la tarima como una pantera enjaulada, monologando frente a un auditorio desconocido, extraño, juvenil, los retoños de una tribu extranjera. En dos años no había mirado a la cara a ninguno de sus discípulos, en quienes presentía la mayor amenaza, antes quienes se sentía expuesto como un objeto en una repisa, a quienes en el fondo tenía por un grupo de delatores organizado para desenmascararlo y ponerlo en manos del aparato policial que le pisaba los talones. Paradójicamente, la perturbación logomaníaca de Klímov le había conferido una especie de aura genialoide entre los estudiantes del Conservatorio. Su popularidad era tan grande que los jóvenes talentos musicales de Odessa hacían cola para asistir a sus clases, lo que, a su vez, había contribuido a agudizar la incontrolable paranoia de Klímov hasta tal punto que contrajo una parálisis. A raíz de esta enfermedad, que lo forzó a guardar cama, tuvo que renunciar a su puesto en el Conservatorio. O al menos eso contaba. La verdad, o más bien lo que hablando de Sergei Klímov puede pasar por verdad, pues en el trasfondo de una falsedad absoluta la verdad se iguala a la mentira y ambas quedan reducidas a la pura instrumentalidad de la palabra, era que la parálisis no había sido más que una excusa para dejar el Conservatorio sin levantar especulaciones, un pretexto que lo mantendría postrado en cama durante quince años, aquejado de una enfermedad ósea imaginaria que se disipó por arte de magia tan pronto como el ejército alemán entró en Odessa.

 

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