El caso del pianista R (IV)

27/10/2010 § Deja un comentario

Para entonces Klímov llevaba ya más de un año con sus padres, le dice la ex vecina.

Poco después de que R se mudara a Moscú para asistir al Conservatorio y, ante todo, para evitar que lo alistaran, Anna Pavlovna lo había metido en casa por misericordia. Naturalmente, a Theofil Danilovich ni siquiera se le pasó por la cabeza que pudiera haber algo entre su mujer y aquel lisiado lamentable. Y para cuando lo supo era ya demasiado tarde. La situación era irreversible. Con el estallido de la guerra, la situación se volvió sencillamente irreal. En toda Odessa, y en realidad en toda Rusia, se vivía en una profunda parálisis. Era como si todo el país hubiera sido sedado, como si les hubieran inoculado la convicción de que la adversidad individual concordaba con la desmesura del mal circundante, el cual, por una ley enigmática, debían contribuir a equilibrar con pequeños sacrificios personales. Cuando en verano de 1941 empezaron a evacuar la ciudad, Klímov, que carecía de pasaporte y documentos de identidad, se hizo pasar por el hermano de Theofil Danilovich. Las autoridades, sin embargo, no se dejaron engañar: sin papeles no se podía extender un permiso de evacuación, y sin un permiso de evacuación no se podía salir de Odessa. Anna Pavlovna se negó a abandonar la ciudad, o más bien se negó a abandonar a Klímov, quien además llevaba semanas persuadiéndola de que en su condición de ciudadano alemán las cosas les irían mucho mejor en cuanto llegara el ejército enemigo. Anna Pavlovna lloraba. Será mejor que tú te vayas, le decía a su marido. He sido una mala mujer, decía. Pero Theofil Danilovich no pensaba lo mismo. Lo mejor es que sigamos los tres juntos, dijo. Eso era todo lo que había podido oír la ex vecina pegando la oreja al tabique. Odessa no sólo estaba amenazada por las tropas alemanas, sino además presumiblemente infectada de espías del Tercer Reich, o al menos eso parecían creer las autoridades rusas, todavía más recelosas que de costumbre, tanto que la prudencia disuadió a los R de insistir, aunque de puertas para dentro conservaran las apariencias de que Klímov era un hermano reaparecido de Theofil Danilovich, sin duda con el deseo de perfeccionar la impostura en previsión de lo que pudiera pasar en el futuro, pues, cuando se vive en la mentira como si fuera verdad, el tiempo acaba por dale vuelta a la falsedad hasta volverla auténtica, y viceversa, como si verdad y mentira no fueran más que los forros de una funda reversible que lleva inscrito en el reverso la misma fatalidad que en el anverso.

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