El caso del pianista R (V)

20/11/2010 § Deja un comentario

En octubre de 1941 también se combatía a 130 kilómetros de Moscú.

Mientras fusilaban a su padre, R dormía bajo el piano de su maestro, Heinrich Neuhaus, quien a su vez dormía en una estrecha cama pegada a la cola del instrumento, o más bien dormitaba, sospechando que por su origen alemán se le avecinaban tiempos difíciles, tiempos aún más difíciles, barruntando que tenía los días contados como profesor del Conservatorio, temiendo que lo arrestaran para deportarlo a un campo de trabajo, donde sería degradado a una masa de carne gimiente. Los temores de Neuhaus no estaban injustificados. De hecho ya había sido detenido en agosto, aunque sólo lo habían retenido un día y una noche. Ni siquiera lo habían encerrado en una celda, si lo que se entiende por tal es una habitación enrejada y situada en una cárcel. Lo tuvieron sentado en una oficina, la mayor parte del tiempo a solas, después de hacerle una serie de preguntas rutinarias, y, al llegar la mañana, lo pusieron en libertad sin rendirle explicaciones. En octubre de 1941, mientras R dormía bajo el piano sin saber que en Odessa acababan de dispararle a su padre, el insomne Heinrich Neuhaus encendió una bujía y empezó a leer la partitura de la Sonata en fa mayor opus 54 de Beethoven. En el piso de abajo, separado del sueño de R y el insomnio de su maestro por un insignificante tabique, un estudiante hojeaba un libro a la luz de una vela. La notación musical acaricia el ojo no menos que la propia música balsamiza el oído, había escrito en 1928 el poeta Osip Mandelstam. Y también: Los espejismos de la notación musical se tienen en pie como casas de estornino en punto de ebullición. Y: Una página de partitura es una revolución en una antigua ciudad alemana. El estudiante no sabía que a Mandelstam lo habían exiliado a Cherdyn, y después a Voronezh, y finalmente lo habían deportado a un campo de trabajo en Kolyma, en lo más remoto del helado infierno siberiano, en donde frío y hambre se disputaban el dominio de la persona, reduciendo la razón a un átomo instintivo, aunque al parecer nunca llegó allá, sino que sucumbió en uno de los campos transitorios de camino al fondo del pozo, reventó como un perro de tiro en la antesala del infierno. Es terrible pensar que nuestra vida es una fantasía sin héroe ni trama, había escrito Mandelstam, urdida de desolación y de vidrio, de la febril palabrería de digresiones constantes, del delirio de una gripe incurable. Cada vez es más difícil, había escrito (mucho antes de llegar a las inmediaciones de la erradicación, de la imposibilidad, como haciendo provisión de palabras para un futuro mudo e indecible), pasar las páginas del libro congelado; así y todo seguiremos leyendo, seguiremos hojeando. Y, sin duda inspirado por la visión de un uniforme (mucho, mucho antes): Los botones están hechos de sangre animal. Los pies del estudiante sí que estaban congelados. Además de ser el escenario capital del horror generalizado, Rusia estaba llena de apartamentos con tabiques que filtraban hasta el pensamiento, tabiques renegridos, abatidos, acribillados, necesitados de alguna reparación. Casi todos los apartamentos rusos necesitaban urgentemente alguna reparación, y no eran pocos los que pedían a gritos reparaciones drásticas, radicales, aunque a decir verdad los que más gritaban eran sencillamente irreparables, más valdría haberlos echado abajo de una vez para siempre, arrancarles de cuajo la madera astillada y podrida de las ventanas, ninguna de las cuales encajaba en el marco, y demoler a martillazos hasta la última de las que por ausencia de una denominación más adecuada se llamaban paredes pero que no eran más que placas de plástico en cuyo interior se acumulaba una mugre histórica, una suciedad indecible que parecía la misma materialización de lo que les había tocado presenciar a aquellos tabiques laminares, colocados para abaratar costes y eliminar la intimidad entre los vecinos, haciendo que no hubiera nada que ocultar sencillamente porque no existía la posibilidad de ocultarlo, lo que no dejaba de ser una jugada maestra del poder, el cual, de haber podido, es decir, de haber tenido los medios técnicos y materiales, y la guía de la imaginación y el élan de la exactitud y un optimismo inmoderado, habría terminado construyendo tabiques de cristal o, mejor aún, construyendo un país entero sin tabiques, haciendo de Rusia una prisión sin tabiques, una penitenciaría panóptica, aunque en el fondo la imposición de una transparencia total no había vuelto la realidad rusa más legible, en algunos casos la había simplificado hasta volverla irreconocible, mientras que en otros lo que había creado era una falsedad fundamental, pues los que no podían ser simples se veían forzados a mentir, a disimular, a ocultarse, y como los que se habían vuelto simples se engañaban plenamente a sí mismos para engañar parcialmente al poder, lo que había resultado era un país basado en la mentira, una realidad edificada con el mismo desdén y los mismos materiales baratos y perecederos que se habían utilizado para alzar los apartamentos, los cuales existían en una relación simbiótica y especular con sus inquilinos, habitantes de un mundo inhabitable, de una realidad cada vez más ilegible, más irreal, más subterránea, un mundo de noches sin muros y gentes que yacían indefensas en la oscuridad, arropadas en terror puro, alertas al mínimo ruido, tomando nota mental de retales de voz con los que recomponer alguna conversación delirante y de otro modo extraviada: Dime como va a ser la paliza de esta noche… Fármacos o balazos… Para que escoja una canción que ya no recuerdo… Yo me arreglo de este tipo de problemas…

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