El caso del pianista R (VI)

03/01/2011 § Deja un comentario

La carrera pianística de R empezó en medio de aquel caos de manera fulgurante.

El primer recital fue interrumpido por un ataque de artillería, aunque unas semanas después lo repitió con el mismo programa: la Sonata en do menor opus 13 de Beethoven, la Fantasía en do mayor D 730 de Schubert y la Segunda sonata de Prokofiev, seguidas por seis preludios de Rachmaninov. El concierto fue un éxito. A ello contribuyó sin duda que, con la guerra, el público y la crítica moscovitas se habían vuelto más complacientes que nunca, de modo que recibían con una efusividad casi embarazosa, con cataratas de aplausos, lágrimas en los ojos y miradas al cielo, cualquier evento al que pudieran darle un tinte patriótico. El joven R interpreta a Beethoven y Schubert mejor que ningún pianista alemán, llegó a publicar un rotativo. Joven genio musical expide el pasaporte ruso a Beethoven y Schubert, decía otro. Joven genio pianístico ruso se apropia de Beethoven y Schubert, titulaba un tercero, celebrándolo como si el ejército rojo, encabezado por R al piano, hubiera tomado Munich y Hamburgo en una orgía de sangre, devastación y exterminio. Hasta el mismo Sergei Sergeievich Prokofiev había cruzado el auditorio para felicitar al pianista. Después, cuando el público se hubo cansado de aplaudir, cayó el telón y Prokofiev se sacó una botella de champagne francés de la levita, lo que, en aquellos tiempos de carestía, era poco menos que si se hubiera sacado de la chistera un conejo, una alfombra voladora o una lámpara maravillosa. Los dos bebieron directamente de la botella. Cada vez que que le tocaba el turno, Prokofiev limpiaba la boquilla con un pañuelo de seda. De pronto, mientras R bebía, el compositor le dijo que no debería haber tocado Rachmaninov después de su sonata. El recital no debería haber acabado con Rachmaninov, dijo, y se largó a echar pestes contra el compositor y pianista que, como él, había emigrado a Estados Unidos tras la Revolución de 1917, y cuya fama, alcanzada de una manera indigna, componiendo una música cursi y afectada, una música rusa de fácil digestión para el oído norteamericano, dijo, lo había eclipsado en Norteamérica, igual que la fama de Stravinski lo había eclipsado en Francia, e igual que ahora, de vuelta a la URSS, lo eclipsaba la fama de Shostakovich. De hecho, dijo, el recital tampoco debería haber comenzado con Beethoven, cuya música no acababa de gustarle, cuya música francamente detestaba con un ardor incendiario, fanático. Sobre la elección de Schubert, dijo, no tenía nada que objetar, la elección de Schubert le había parecido absolutamente acertada desde el primer momento, y ni siquiera el hecho de que estuviera (de que estuviéramos, dijo) flanqueados por Beethoven y Rachmaninov le había hecho cambiar de opinión, dijo, mientras agarraba la botella por el cuello y, llevado por la pasión y la rabia, la agitaba, poniendo en peligro el contenido. Después le contó historias de gángsters, y por último le preguntó si estaría dispuesto a enfrentarse a su Quinto concierto para piano y orquesta. Hasta entonces la pieza había sido interpretada en seis ocasiones, cada una más lamentable que la anterior. La pieza ha sido malinterpretada en seis ocasiones, le dijo, y es muy posible que lo sea en una séptima y una octava y una novena y una décima, hasta que dé con un pianista capaz de comprender su notación antipianística. R comenzó a sospechar lo que más tarde le confirmaría Neuhaus: el Quinto concierto era una rueda de molino, una pieza asesina, escrita no para piano y orquesta, sino contra el piano y la orquesta; la orquesta, amparada en su naturaleza gregaria y masiva, podía disimular que no había entendido en absoluto aquella música y reproducirla de una manera inanimada, descolorida y mecánica, pero el pianista, al que además Prokofiev insistía en situar, por pura fantasía escenográfica, sobre un promontorio y bajo la luz abusiva de un foco (como en un interrogatorio policial), no podría encontrarse más desamparado y expuesto, sentado en una silla pequeña y ante una música incómoda, obligado a seguir una partitura cuajada de signos que ponían a prueba su habilidad manual con un torrente de saltos, rupturas, cambios de tono, golpes sincopados y acordes que solamente se podían realizar con los cruces de manos y las contorsiones de dedos más impracticables, tanto que, tras seis fiascos consecutivos, cada uno más sonado que el anterior, no quedaba en toda la URSS ni un solo pianista que se atreviera a jugarse la reputación con aquella música utópica, de modo que Prokofiev se había metido la partitura en la levita (una levita enorme, confeccionada por un sastre francés, con bolsillos en los lugares más inverosímiles) para ofrecérsela a toda promesa pianística que se le cruzara por el camino. R no se lo pensó dos veces. No conocía la obra, pero aceptó ciegamente. En parte por la euforia del primer recital, en parte por admiración a Prokofiev, en parte por amor a la música, en parte por el champagne francés bebido a morro y que se le había subido a la cabeza, en parte porque tenía 25 años y cuando se tienen 25 años es vergonzoso comportarse como si se tuvieran 60, pues a los 25 se es todo intenciones y a los 60 todo recursos, en parte porque llevaba meses durmiendo debajo de un piano en una ciudad sitiada por el enemigo, en parte porque un chaparrón de aplausos le resonaba todavía en el hall craneoencefálico, en parte porque, en medio de tal estruendo, comprendía, o más bien barruntaba, que la vida tiene más interés cuando se participa en ella que cuando se es un mero espectador o un observador reflexivo, es decir, porque comprendía, o barruntaba, que la vida se experimenta más intensamente cuando se actúa con la más pura irreflexión y con total ligereza, que es exactamente como actuó R cuando aceptó tocar en público el Quinto concierto para piano y orquesta de Prokofiev, el cual interpretó dos meses después en la Sala Chaikovski del Conservatorio de Moscú, en un concierto que ha pasado a la historia, o más bien a la mitología, disparándolo al estrellato como a un hombre bala al vacío.

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