El caso del pianista R (VII)

24/01/2011 § Deja un comentario

Poco después de su encuentro con la ex vecina, R empieza a sufrir una alucinación auditiva.

Ésta se presenta incluso cuando duerme, en los pocos momentos en que R, que lleva años insomne, es capaz de conciliar un sueño ligero, un sueño tenue y vaporoso como el efecto de un narcótico suave. Empieza con la recurrencia de una frase musical, una frase breve, ascendente, de apenas cinco o seis compases, con un ritmo violento, basada en un acorde de séptima dominante. De día, R trata de desentrañar el significado de ese acúfeno musical, de ese motivo persistente, aunque de hecho el tormento se agudiza cuanto más se obsesiona con él. De noche, el fenómeno invade sus sueños, los cuales se vacían de otro contenido que la pura memoria auditiva, la mera resonancia incorpórea, el fantasma sonoro, la pesadilla musical, de modo que se despierta como si no hubiera dormido ni un minuto. Consulta a varios médicos. Estos juzgan que un caso tan singular puede tener un interés científico, de modo que lo someten a todo tipo de pruebas, desde la hipnosis a los inyectables. Es inútil. Aunque ninguno de ellos llega a determinar las causas de la ilusión, son unánimes en concluir que se trata de un trastorno nervioso, una turbulencia psíquica para la que necesitaría una medicación experimental, pero desgraciadamente no llegan a ponerse de acuerdo ni en la naturaleza de la una ni en la composición de la otra. Mientras tanto, R, que ve amenazada su carrera, concluye por su cuenta y riesgo y sin la menor base científica que se trata de un trastorno puramente musical. Decidido a combatir el mal en su propio terreno, se pasa las noches en vela, tratando de precisar lo que oye, lo que en realidad no oye, sino tan sólo imagina que oye, o al menos esos dicen los patólogos, para R no hay la menor diferencia, él lo oye. Se esfuerza por reconocer cada nota de ese espectro melódico, e incluso intenta controlarlas y corregirlas, darle forma a ese malsano sinsentido musical, a esa matraca diabólica que le taladra la cabeza. Finalmente, llega a distinguir, o al menos eso le parece, que se trata de una variante del tema de Siegfried-Idyll, una obra de Wagner que había escuchado repetidamente de niño y que creía haber olvidado. Era Theofil Danilovich quien tocaba esa pieza, en un arreglo para piano de factura propia, similar a los que había escrito de Tristan y Götterdämmerung. Porque, no está de más decirlo, Wagner era el músico al que Theofil Danilovich volvía una vez y otra, su músico de referencia, el que le ofrecía las cualidades que él buscaba en la vida y que sólo encontraba en la música. Neuhaus, sin embargo, había tratado de inculcar en R su aversión por la música de Wagner. Arianismo mistificado, nihilismo pangermánico, romanticismo degenerado, la llamaba. En las óperas de Wagner, decía, el público permanece anestesiado, alienado, sometido a una dramaturgia que no es más que el pastiche melodramático de un puñado de rancias leyendas. Y hablaba de la conocida debilidad mental del káiser Guillermo II, quien se había rodeado del aura de una figura wagneriana: la capa blanca y el casco plateado de Lohengrin, el Caballero del Cisne, como si fuera un emisario del Señor, el destinado a descubrir el Grial y tenerlo en custodia. Guillermo II, decía Neuhaus,  se paseaba haciendo sonar en el claxon del auto el motivo de fanfarria que representa el trueno en Das Rheingold. Una muchedumbre embriagada de patriotismo le abría paso con aplausos y vítores, inconsciente de la teatralidad que empezaba a impregnar cada átomo de la vida alemana como un veneno letal. El pasado es un estímulo mental, le dice a R el alienista al que le cuenta su descubrimiento. El pasado no se puede enterrar, no puede negarse. La negación del pasado sólo puede ser aparente, dice, el pasado se borra de la superficie y al resultado de esa operación de camuflaje se le llama olvido. Entonces, dice, se genera una situación esquizofrénica, en la que internamente se recuerda, como es natural, mientras que externamente uno ha de mostrarse indiferente al recuerdo. En tales condiciones se puede sentir la tentación de evadirse a un mundo absolutamente imaginario, dice, pero a la larga ese mundo irreal carece de interés. Tras la guerra, piensa R, los alemanes se refugiaron en el mundo imaginario de la ópera y los lieder, el único que les quedó intacto. La expiación del pasado no se puede forzar, sigue diciendo el doctor, con suerte sobreviene por sí sola, dice, cuando lo vivido se neutraliza, se denigra y es arrastrado como un fardo impotente. El recuerdo silenciado, privado de su expresión, concluye, es como el agua en ebullición: antes o después acaba haciendo saltar la tapa de la olla. Eso es lo que le dicen a R. En esa misma fecha entra en los archivos de la KGB un informe médico. El discurso de R carece de base factual (es intuitivo, alucinatorio), dice el informe. Con todo, no es un puro sin sentido, afirma, sino que al contrario se ajusta con una coherencia extraordinaria a la vivencia personal del paciente. Y, después de varias páginas de disertación cada vez más abstracta, concluye: La aberración de R es un sistema delirante (el resultado de encerrar una experiencia aterrada del mundo en una pajarera mental), el cual no merece todavía la venganza de lo colectivo, sino de momento tan sólo el escrutinio de los expertos.

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