El caso del pianista R (VIII)

09/02/2011 § Deja un comentario

No es la primera vez que R sufre lo que se llama un transtorno nervioso.

En febrero de 1942, los músicos que seguían en Moscú fueron convocados a una reunión en el Hotel Savoy (ahora, irónicamente, Hotel Berlín). Se les comunicó que, a partir de aquel mismo día, por razones de seguridad, deberían residir todos en el hotel. Sólo aquellos cuyas familias no habían abandonado la ciudad obtuvieron permiso para cenar y dormir en casa dos noches a la semana. A las familias, sin embargo, no las podían alojar en el hotel. No se les dijo por qué, y de hecho nadie lo preguntó porque allí las condiciones eran penosas. La calefacción no funcionaba, el agua se había congelado en las cañerías, los dedos se les quedaban tiesos, helados. Por allí desfilaban como espectros Nikolai Asonov, Sergei Gorchakov, los miembros del cuarteto Beethoven (Dimitri Ziganov, Vasili Schirinski, Vadim Borisovski y Sergei Shirinski), Maria Judina, Vladimir Sofoniski, Nadeshda Obuchova, David Oistrakh. La guerra había vuelto la vida del revés como un guante de cabretilla. Sin embargo, para mantener la apariencia de la normalidad, o al menos de la normalidad musical, los llevaban a diario a los estudios de la radio, la cual no dejó de retransmitir ni un solo día durante la guerra. La sala de retransmisiones, cuyos ventanales habían reventado por una detonación en la calle, era todavía peor que las habitaciones del Savoy (ahora Berlín), una verdadera cámara refrigeradora. Cuando alguien trataba de fumar, la humedad que flotaba en el aire congelaba el cigarrillo, de modo que acababa masticando una especie de helado de nicotina. R se sentaba al piano con una manta por encima, para entrar en calor, o más bien para no quedarse congelado, y aunque normalmente tenía los dedos entumecidos de principio a final, tanto que apenas los sentía, pronto se acostumbró y empezó a conseguir que las notas sonaran exactamente como exigía la partitura. Su éxito pasó ante todo por olvidarse de la insensibilidad de las manos, para lo que empleaba una creencia que hoy puede parecer ridícula pero que entonces, en aquellas condiciones extremas, a R le resultaba natural y necesaria: pensaba que las había perdido ya y que tocaba con prótesis de madera, con unos dedos rígidos pero probadamente eficaces. Durante meses sucumbió a esa fantasía incluso cuando no estaba sentado al piano, lo que le resultaba fácil porque la mayor parte del tiempo llevaba las manos cubiertas, unas manos dormidas, perdidas en la extremidad de los brazos, afectadas por tal insensibilidad que lo mismo podrían haber sido suyas que ajenas, de carne que de madera. Años más tarde verá una película sobre un pianista al que, después de un accidente, le ponen unas manos mecánicas, unas manos eminentemente musicales pero que debe cubrir con guantes para no asustar a dos mujeres con quienes, de una manera obsesiva, intenta acostarse, y a quienes acaba estrangulando antes de ingerir una dosis mortal de cianuro.

 

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