El caso del pianista R (IX)

19/03/2011 § Deja un comentario

Aunque las alucinaciones auditivas persisten, R desarrolla sus propios mecanismos de convivencia.

Básicamente se refugia en una actividad musical ininterrumpida, una serie de conciertos y grabaciones por los rincones más remotos de la URSS que contribuyen a extender y apuntalar su fama. R, que toca de memoria, estudia las partituras en el tren, en el que viaja como un excursionista, rechazando que se le transporte en vehículos oficiales. Sabe que también en el tren se le vigila, es algo que ya no se disimula, los tiempos cambian, el poder se vuelve más franco, más seguro, más cínico, pero de algún modo se siente arropado por el resto de los viajeros, por la humanidad entrañable (la humanidad romántica) de familias enteras que comen, duermen, se emborrachan, riñen e incluso se afeitan en el vagón, como si este fuera una extensión móvil de su casa. Además el tren sigue un itinerario previsible, inalterable, o al menos difícil de alterar, mientras que en cualquier otro vehículo, sobre todo en los vehículos oficiales, uno sabe de dónde sale pero no adónde irá a parar. Cuando llega a su destino, R estrecha un enjambre de manos, manos que él sabe íntimamente enemigas, pero que se presentan amigas en la impostura de la hospitalidad. Después, pide que lo conduzcan al hotel, donde se encierra a practicar hasta el agotamiento. En el margen de una partitura de Schubert (Sonata en si bemol mayor D 960), junto a sus habituales anotaciones técnicas, escribe: ¿Cómo entregarse a la memoria sin caer en la idealización o el ajuste de cuentas? En otra (Sonata en la mayor opus 120 D 664): Estamos solos, condenados a ser nuestros propios jueces. Y en una tercera (Sonata en la menor opus 143 D 784), como si Schubert, con sus movimientos espaciosos y de una claridad indisputable, le ofreciera un espacio introspectivo negado por otros músicos: Il n’y a pas de lieu pour l’exercise de la pensée. Por la misma época, en agosto de 1956, le dice a un periodista: Soy un nómada de los territorios musicales de la humanidad. Es a un periodista extranjero, en Praga, adonde es enviado, vía Budapest, como parte de una delegación que incluye al violonchelista Daniil Shaffran, la mezzosoprano Zara Dolukhanova y el director Kiril Kondrashin. En Praga son recibidos tan gélidamente por el pueblo que la efusividad de las autoridades se les antoja más falsa que nunca. La farsa de la bienvenida, murmura Kondrashin. Los checos les han organizado una pequeña gira por las fábricas más importantes del país y los conducen de una a otra en un camión militar con altavoces y guirnaldas. El viaje tiene la rigidez de un sueño inventado. La gente, que no parece nada impresionada, los mira pasar con una mezcla de hostilidad, indiferencia y desconfianza. En las fábricas encuentran siempre el mismo escenario grotesco: más guirnaldas, coronas de flores, banderas rojas y pancartas que celebran el triunfo del comunismo y la amistad entre rusos y checos. El broche de oro de la visita lo pone un concierto con la Filarmónica de Praga, en el que R toca a Mozart, Schumann y Brahms. Después hay una gran celebración en honor a los músicos soviéticos, una fiesta de pésimo gusto, opina Kondrashin, con comida y bebida, danzas nacionales, fanfarria. Es entonces cuando el periodista checo entrevista a R y éste le dice que es un nómada de los territorios musicales de la humanidad. Y ahora, ¿cómo se siente?, le pregunta el entrevistador, quien sin duda desea devolver el diálogo a un terreno más sólido. Como un espejo apedreado, dice R. El intérprete no debería interpretar, dirá años después en otra entrevista, sino reflejar exactamente la música, sin caer en la tentación de contaminarla con sus propias manías. La música es espiritual, dirá, sublime, dirá, mientras que el intérprete está anclado en lo material, dirá, en lo sensual, dirá, en lo impuro, de modo que toda injerencia suya supone una degradación, un velo de lo invisible. Y luego: La interpretación debe aclarar la partitura, el intérprete es un espejo. Pues bien, después del concierto de Praga, ¿por la fricción entre el espíritu y la materia?, el espejo queda hecho añicos. La música corre enloquecida, como un rayo de luz, de un fragmento a otro, buscando inútilmente un reflejo completo, una imagen exacta y coherente de sí misma.

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