El caso del pianista R (X)

21/05/2011 § Deja un comentario

En octubre de 1957 deciden enviarlo de gira a Estados Unidos.

Un poco antes recibe una llamada telefónica de Andrei Sukov, exiliado en 1956, o más bien invitado a exiliarse. El poeta le telefonea desde América. Al parecer ha sido él quien ha mediado para que un grupo de hombres de negocios (de filántropos, dice Sukov) lo inviten en nombre de una fundación creada para tal fin (una fundación de amigos del músico soviético, dice Sukov). ¿Qué puede importarles el músico soviético a unos millonarios norteamericanos?, le pregunta R. A lo que Sukov responde: Tenemos la desgracia de vivir sobre un pedazo de roca inclemente, cubierto de una variedad de paisajes y seres, pero igual de duro en todas partes, y lo peor es que, en un lugar u otro, hay que darse de dientes contra él. ¿Habla Sukov en código?, se pregunta R. ¿O se va alegremente por las ramas? Después de todo se trata de un poeta. Usted es todavía original, le dice Sukov, debe aprovecharse de esta circunstancia provisoria. El día en que ya nadie sea impersonal, dice, nadie resultará imprescindible. Se pasan veinte minutos al teléfono. Sukov le habla de su casa en Massachussets, una casa enorme, de tres plantas, las tres para mí solo, dice. Por entonces el alojamiento es escaso en la URSS, los apartamentos se parcelan para que puedan convivir varias familias. A R, que pasó cinco años alojado “temporalmente” en una residencia de estudiantes, le cuesta aceptar que Sukov disponga de una casa de tres plantas para él solo, que pueda moverse por ella sin el sigilo de un conspirador y la delicadeza de una alimaña, que no se encuentre con extraños que dormitan en la cocina o acechan en los pasillos, que no tenga que levantarse de madrugada para comprobar si han cerrado la puerta de entrada o la llave del gas, porque la mayor parte del tiempo la pasan borrachos, metiendo en casa a todo tipo de gentuza. Una casa como la de Sukov en Massachussets es realmente difícil de imaginar desde Moscú. La imaginación no llega tan lejos. En realidad es difícil imaginar la vida completa de Sukov al otro lado del planeta, o más bien es de una abstracción que oscila entre la verdad y el delirio, exactamente igual que imaginar el planeta como una esfera achatada y perforada por un eje imaginario que la mantiene en rotación, una esfera por la que corren redes de hilos telefónicos como el que conecta el pasillo de un apartamento comunitario en la calle Niezdanova de Moscú con la sala de estar de una casa de tres plantas en Massachussets. Lo peor es que esto es real, o al menos por tal hay que tenerlo. Mientras escucha al poeta emigrado, R asocia imágenes familiares a lo que va oyendo, y se representa a Sukov, al que no ha visto más que en fotografías, delante de una dacha enorme, muy similar a la de Borís Pasternak en Peredelkino, la cual visitó en el invierno de 1952 o 1953, de modo que la recuerda rodeada de una nieve espesa, de una blancura espectral, que subía por los pasamanos de las escalinatas y cubría completamente los alerones del tejado. Le pregunta si en Massachussets también nieva. Sukov se ríe. Nieva, le dice, pero la nieve tiene un olor distinto. ¿La nieve huele? Y Sukov: El olor de la nieve es un olor borrado, secreto, porque, en Massachussets y en cualquier parte del mundo, el frío atenaza los sentidos, los anula, los niega. La muerte, piensa entonces R, debe ser una concentración infinita de un frío glaciar, la misma materia de la que está hecho el universo, y la vida humana no es más que un calor pasajero, piensa, pero no lo dice. La comunicación ya está siendo suficientemente penosa, en parte por la precariedad de la línea, seguramente pinchada por la KGB, y en parte porque, cada uno a su propia manera, tanto él como Sukov bordean desde hace tiempo la locura, una locura personal, remota e incomunicable, no se sabe bien si desde dentro o desde fuera.

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