El caso del pianista R (XI)

20/07/2011 § Deja un comentario

A Estados Unidos no viaja solo.

Lo acompañan dos agentes de la KGB: Rassadin, un joven recién graduado, para el que el viaje supone el bautismo de fuego, y Gudilev, un veterano que se pasa todo el trayecto, de Moscú a París, de París a Le Havre y de Le Havre a New York, disertando primero sobre Suiza, un país increíblemente pulcro y organizado, donde la vida es muy parecida a la de un hospicio de alienados, con su silencio, su puntualidad y sus enfermeras sonrientes, y después sobre Estados Unidos, adonde ha viajado ya en dos ocasiones, con Oistrakh y con Rostropovich. Estados Unidos, dice Gudilev, es la charca planetaria del gangsterismo, la intriga, la homosexualidad, la lujuria y todos los géneros de decadencia. Es un país completamente dominado por bufetes de abogados y clínicas odontológicas, dice, en cuyas manos está toda la población sin excepciones, y puesto que los dentistas están en manos de los abogados y los abogados en manos de los dentistas, razona Gudilev, es una buena muestra de cómo un país entero puede verse atrapado en la mecánica inercial de un sistema en el que ya no hay lugar para la inserción de lo espontáneo. Lo espontáneo es siempre la excepción, piensa R. Pero Gudilev prosigue: Los abogados se han apoderado de las tablas de la ley para comerciar libremente con ellas y asistir con la razón al mejor postor, pero los dentistas han ido aún más lejos al desplazar el centro de la persona del corazón a la dentadura. En Estados Unidos una dentadura es más que un instrumento para masticar, dice, una dentadura radiante e irreprochable es un signo de clase, el signo inequívoco de que se pertenece a la burguesía, la minoría privilegiada que puede costearse las más sofisticadas ortodoncias y prótesis dentales. Por eso en ningún país se sonríe tanto ni con tanta complacencia y premeditación como en Estados Unidos, dice. Porque en Estados Unidos, prosigue, no sólo se sonríe drásticamente a la menor ocasión, sino que es más se programan de una manera abusiva y exasperante las ocasiones más inconcebibles con el único fin de exhibir la dentadura. Socialmente, dice, esto (esta hilaridad delirante, dice) se confunde con la felicidad. De ahí que cuando los estadounidenses se retratan con europeos, y especialmente con rusos, dice, porque hay que reconocer que en Rusia la odontología es todavía una disciplina raquítica y atrasada que ni siquiera sospecha su potencial, en la foto los rusos, con sus caras flacas y desacreditadas y las bocas cerradas para ocultar la falta o la deformidad de los dientes, siempre parecen infinitamente más serios e infelices que los norteamericanos, quienes, a juzgar por el tamaño y la calidad de sus sonrisas, y también por la solidez acorazada de unas caras cuadradas y sostenidas por el firme armazón de dentaduras perfectas, parecen vivir realmente en el mejor de los mundos. Cada dos por tres Gudilev se levanta para ir al servicio. Probablemente tiene un problema de vejiga, le dice Rassadin a R, guiñándole un ojo. He oído que en Estados Unidos tienen los mejores aseos del mundo, le dice. He oído que tienen los mejores museos y las mejores orquestas, le dice en otra ocasión. Y en otra: Al parecer en Estados Unidos sirven los mejores cócteles del mundo. E incluso, esgrimiendo una revista: ¿No cree que las norteamericanas tienen mejores piernas que las rusas? ¿Me están hablando en clave?, se pregunta R. Después de todo se trata de espías. En el restaurante, su mirada vuelve una y otra vez hacia la boca de uno de los comensales, un anciano de unos noventa años pero con dos líneas de dientes de una blancura calcinante, de una factura impecable. R nunca ha visto un contraste tan acusado entre la juventud y la decrepitud, entre la salud y la muerte. Sin duda son tales visiones las que inspiran la expresión “la medicina obra milagros”. Adoro a los dentistas por su amor al arte, su tolerancia, su amplitud de miras, había escrito Mandelstam, mucho antes de que lo redujeran a la lividez de un expediente. El mundo empezaba a gozar ya entonces de una dentadura perfecta.

Anuncios

Etiquetado:,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo El caso del pianista R (XI) en Incógnito.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: