El caso del pianista R (XIII)

23/08/2011 § Deja un comentario

América.

Cierto que aquí tienen las mejores orquestas y los mejores museos, y en general lo mejor de todo lo que puede comprarse, pero mirándolo bien se percibe que todo está fuera de lugar, como un cuadro de El Greco en el salón de un ranchero. En América uno es testigo de la orfandad de los objetos, dice Rassadin. R se pregunta de dónde ha sacado tal vocabulario. Ciertamente no de los manuales de la policía secreta. No tarda en saber que el abuelo de Rassadin fue filósofo (ideólogo, dice Rassadin) y su padre, un conocido filólogo estructuralista. De ellos ha heredado el joven una afinada sensibilidad por la palabra, la cual, en contra de lo que podría parecer a simple vista, no resulta del todo inútil en la profesión policial. En la mayoría de los casos, dice Rassadin, la criminalidad comienza por un acto de lenguaje. Lo mismo puede decirse de la decadencia de una sociedad. El inglés británico, ya de por sí repugnante, le parece a Rassadin una lengua armoniosa y angélica en comparación con la jerga de Estados Unidos. El inglés de un profesor universitario norteamericano está a la altura del ruso que se habla en los vestuarios de un gimnasio, dice. El alemán es la lengua que, después del ruso, le merece a Rassadin más respeto. La ciencia de la aniquilación está escrita en alemán, dice. De la irracionalidad romántica al psicoanálisis, de los experimentos médicos a los campos de exterminio, en la vasta bibliografía del imaginario alemán la humanidad es sólo material de laboratorio, dice. Fausto. Hegel. Nietszche. Freud. Rilke. Heidegger. Wagner. Wittgenstein. Einstein. Heidelberg. El erotismo de la muerte, la demolición de la persona, la abolición del espacio y el tiempo, dice. R lo mira en silencio, cuidándose mucho de hacer el menor comentario. Gudilev ha desaparecido tan pronto como llegaron a New York. Rassadin, como suele decirse en las novelas de género, no lo pierde de vista (se le ha pegado a los talones, se ha convertido en su sombra). En las horas muertas entre concierto y concierto salen a visitar museos, a pasear. Después se sientan en una cafetería, donde comparten un paquete de cigarrillos. R lo pone sobre la mesa, lo abre, le ofrece uno a Rassadin y espera a que este lo reduzca a una colilla para ofrecerle el segundo y encender el primero para él. Fuman así, sistemáticamente, en una proporción de 2 a 1. En realidad, por prescripción médica, R no debería fumar en absoluto, o a lo sumo cuatro o cinco cigarrillos al día, pero en lugar de dejar el tabaco lo que hace es dejar una marca por otra. En once semanas se suceden hasta veinte distintas. Es Rassadin quien compra, a petición del maestro, cigarrillos de marcas cada vez más extrañas. Por fortuna sus contactos neoyorquinos lo orientan en su búsqueda. ¿Está empleando el pianista algún tipo de código?, se preguntan. Rassadin diría que no. Cuando terminan de fumar, R empuja la cajetilla hacia él, dándole a entender que se la quede. El artista sólo bebe café, un café oscuro y denso como el petróleo, mientras Rassadin lo alterna con whisky. La conversación, si es que llega a entablarse, gira en torno a enfermedades, medicamentos ineficaces, los rigores del frío, métodos de entrar en calor, la calidad de las sábanas de los hoteles norteamericanos (media a juicio de R, baja para el incondicional Rassadin, quien echa de menos la aspereza de la ropa de cama soviética), la fidelidad de todos los perros sin excepción, opuesta a la independencia tozuda, insensata y un tanto estúpida de la mayoría de los gatos. A Rassadin, que lleva sangre cosaca en las venas, le gustaría ser un caballo. Si R pudiera vivir como un animal, sería un oso, un oso polar aislado de los demás por amplitudes heladas, oculto en grutas remotas e inaccesibles y sujeto a lo esencial, a la vida en estado puro. ¿Y si pudiera ser una cosa? ¿Sería un instrumento musical, acaso un piano? ¿Y por qué un instrumento musical, pudiendo ser cualquier cosa?

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