El caso del pianista R (y XIV)

28/08/2011 § Deja un comentario

Fragmentos del llamado “cuaderno americano” de R.

19/8. Debut en el Carnegie Hall: Beethoven, Schubert, Chopin, encore de Schumann. New York: una jaula humana de una barbarie y una frialdad abominables, sólo superada en vulgaridad por el recuerdo de Berlín (una ciudad espantosa, fantasmal, una verdadera ruina, como una dentadura a la que le faltan piezas, una escombrera histórica, sin reparar, tal vez irreparable, nuevas casas sobre los escombros, viviendas modernas, deprimentes, como todavía en guerra, una ciudad sumida en el pasado, en una desgracia sin disimular, el tiempo es una esfera en la que se da vueltas sin encontrar ni una arista). 10/9. Las Vegas: Beethoven, Schumann, Ravel, encore de Scriabin. Fantasía del proletariado, una ciudad erigida como un monumento al mal gusto, la atrocidad de la comida americana, los americanos no construyen casas sino decorados, el país entero parece un estudio cinematográfico, sin el mínimo sentimiento de estabilidad ni de arraigo, lo único grandioso es el paisaje, un paisaje divino en el que dan ganas de rezar y que sin embargo aquí no inspira nada más que películas de vaqueros, un paisaje sagrado por el que los oriundos se mueven como pulgas por un colchón. 16/9. Los Angeles: Haydn, Schumann, Chopin, Ravel, encore de Scriabin. Visita a Arthur Rubinstein, quien trata de convencerme de que pida asilo político, deberíamos escribirle una carta a Ike (Eisenhower), me dice. El sueño de un hombre justo es la pesadilla exacta de un disidente. 27/9. Chicago: Beethoven. No puedo seguir, escribe. Pero sigue. 16/10. Carnegie Hall: Liszt. Felicitaciones de la hija de Rachmaninov, Irina Volkonskaia. ¿De qué me vale este éxito? Podría estar encerrado en la precisión de una idea fija y tenerme por el soberano de un espacio sin límites, escribe. Y luego, en una nueva página, sin fecha: Me he perdido. Y en otra: No puedo vivir en Rusia ni aquí (triple subrayado) tampoco. Y, finalmente, cerrando el cuaderno: Mi repertorio se vacía de contenido. La reconstrucción de la vida que latió dentro de las formas musicales es tan artificial como la que hacen los paleontólogos a partir del fémur de un ictiosauro. Sólo nos queda una estructura, un método. Punto final. No sólo en América, pero sí más que nunca, las piezas que toca R corren como ruedas de molino por una tierra de enanos. Son transmitidas en una sintonía equivocada, sin dar con ningún oído que pueda devolverles, al oírlas, la vitalidad que les dio forma. 11/11. Newark, New Jersey: Chopin, Schubert y un intermezzo de Brahms. Al final hay una sesión de preguntas del público, en su mayor parte estudiantes del conservatorio de Newark, a los que R responde con una amabilidad inusual. R está comunicativo, incluso inspirado. ¿Cómo será la música del futuro?, pregunta alguien. La música del futuro, dice R, será una música atomizada y destinada al individuo. La unidad de la pieza se desintegrará para dar lugar a la independencia del episodio, el episodio se desintegrará para dar lugar a la independencia de la frase, la frase para dar lugar a la independencia de la nota. La nota ya no se puede desintegrar, o al menos todavía no hay una idea de cómo descomponerla en fragmentos más pequeños, dice. Pero todo llegará. Tan pronto como la tecnología lo permita, dice, la figura del músico, la del intérprete y la del público se fundirán en una y cada individuo será el único creador y oyente de un hilo musical ininterrumpido que lo acompañará segundo a segundo, dándole un relieve musical a la planicie de su vida. Hacia el final de la charla, en un ambiente absolutamente distendido, alguien le pregunta qué necesita un joven para llegar a ser un pianista tan grande como él. Unos cuantos años en una prisión de máxima seguridad, dice R. Eso, añade, o el exilio. El mayor obstáculo que corre un intérprete es la tentación del análisis, la separación de la pieza. Por eso es esencial que se libere del yo. Sin libertad o sin sustrato, dice, no se puede ser más que un ente irreal, un fantasma, un alma que yerra por un limbo en el que la personalidad no depende ya de nada tangible, sino sólo de una mera creencia.

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