Mesmer

05/09/2011 § Deja un comentario

La vida de Mesmer (1734-1815) reune todos los ingredientes del genio incomprendido. Estudiante de teología en Ingolstadt y de medicina en la Universidad de Viena, donde fue discípulo del célebre Boerhaave, Mesmer no tardó en rechazar las anquilosadas enseñanzas de sus maestros y adentrarse en el conocimiento de los verdaderos principios naturales. La inspiración de su sistema, como en el caso de Newton, llegó de una observación inesperada. Tomaba el doctor Mesmer una sopa fría (tal como aconseja Addison para prevenir la anemia), cuando uno de sus tres domésticos se le acercó por la espalda. ¡Fritz!, dijo Mesmer. En efecto, era Fritz. ¿Cómo lo había sabido el señor? No, desde luego, al azar (en la ciencia nada se deja al azar, la ciencia es una línea trazada entre los errores de la fortuna, dejó escrito Mesmer), sino merced a una sensación peculiar a la que en ese momento todavía no supo dar nombre. Intrigado, mandó llamar a sus otros dos servidores y les ordenó acercársele por la espalda de manera alterna y aleatoria. De mil ciento cincuenta intentos, Mesmer acertó mil cuarenta y dos. Al día siguiente contrató cuatro domésticos más y durante un mes siguió experimentando con ellos, hasta que finalmente se dio cuenta de que aquella práctica infundada lo alejaba de su verdadero camino. ¿Cuántos hombres de ciencia no habrían dilapidado su existencia y asociado su nombre al ridículo por persistir en el error de una concepción prematura? La modestia salvó a Mesmer de tan miserable destino. Una mañana quemó todas las anotaciones estériles y puso en la calle a los siete criados. A partir de ese día emprendió una serie de experimentos con aves de corral, de las que pronto se cansó y pasó a enfermos incurables que trataba de manera gratuita, alcanzando a veces su curación y en la mayoría de los casos demostrando que la enfermedad era realmente lo que se decía incurable. Es por tanto constante y conforme a las leyes del movimiento, escribe por esa época, que ninguna aberración del cuerpo animal se pueda rectificar sin que aparezcan efectos de tal esfuerzo; es decir, que ninguna dolencia pueda curarse sin una crisis. Había nacido la ciencia del magnetismo animal, basada en la analogía entre el hombre y el imán. La singularidad de esta doctrina hizo que de todas partes le llovieran las más acerbas críticas. Físicos, médicos, electricistas, químicos, sociedades del imán, todos estaban en contra de Mesmer, al que acusaban de charlatán y de místico, igual que habían hecho con Galileo, quien también sufrió el fanatismo por defender el movimiento de la Tierra, como Harvey por defender el de la sangre, o en fin como Cristobal Colón, al que trataron de loco, o Sócrates, condenado a muerte. La mediocridad siempre recibirá los productos del genio con suspicacia, como ya lo dijo la Bruyère: Tout l’esprit qui est au monde est inutile à celui qui n’en a point. Huyendo del odio encarnizado de los sabios alemanes, Mesmer se trasladó a París. Allí no tardó en instalar una clínica en donde proseguir sus experimentos magnéticos, difundiendo verdades esenciales a la prosperidad del género humano. Al cabo de pocos años contaba ya con un nutrido número de pacientes, en su mayor parte histéricas, ciegos, paralíticos, retrasados mentales, lunáticos y enfermos de hidropesía y hemorroides. Estos, felices de haber escapado a la barbarie carnicera de la medicina del XVIII, le rendían la gratitud y la justicia negada por las autoridades. Mesmer se las prometía felices, pero los galenos franceses no iban a dejarse robar la clientela tan fácilmente, y menos por un extranjero chiflado. Aliados con un grupo de físicos ingleses y alemanes, ejercieron todo su poder para destruir la reputación del curandero. Al final, impotentes, llegaron a sobornar a un ministro para que formara una comisión científica destinada a condenar la práctica del magnetismo animal. Esta comisión, creada ad hoc y sufragada con el dinero del contribuyente, no sólo inhabilitó a Mesmer para la práctica de la medicina en Francia de por vida, sino que además llenó Europa de pasquines que reproducían la ignominiosa sentencia en seis idiomas (latín, francés, alemán, inglés, italiano y español). Mesmer, abatido por la superstición de los tiempos y dolido por el escarnio, cerró las puertas de su clínica y se retiró a la paz de la vida campestre, dejando a la humanidad al encuentro de su destino aciago.

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