El arte de la fuga: Tercer movimiento

13/10/2011 § Deja un comentario

Touring

En 1961 dio 23 conciertos.

En Detroit, con programa de Beethoven, exigió que rastrearan el escenario en busca de micrófonos.

En Hamilton, con programa de Bach, calculó, para tranquilizarse, los segundos de vida que hipotéticamente le quedarían al acabar el concierto, suponiendo que éste no durara más de dos horas y que él llegase a los sesenta, que resultaban ser 1.198.537.311.

En Toronto, con programa de Bach y Hindemith, mandó que en el intermedio sirvieran una copa “del mejor champagne” a todos los ocupantes de asientos impares, que se empeñó en pagar personalmente con un fajo exuberante.

En New York, con programa de Bach, un senador lo tomó por Arthur Rubinstein.

En Montreal, con programa de Bach y Strauss, mandó llamar a un carpintero para que rebajara la altura del piano catorce milímetros.

En New York, con programa de Krenek y Hindemith, el último en abandonar el coqueto auditorio fue un admirador que había fallecido de un infarto.

En Spokane, con programa de Bach, Mendelssohn y Brahms, mientras los Siegel se codeaban con el resto del público, la baby-sitter les sacudía a los niños.

En Vancouver, con programa de Beethoven, tocó la Appassionata cuatro veces en cuatro pianos distintos.

En Minneapolis, con programa de Beethoven, se hizo transportar los mismos cuatro pianos de Vancouver para reproducir exactamente el mismo espectáculo.

En Princeton, con programa de Schoenberg, Mozart y Bach, exigió que el público desfilara, al entrar y al salir de la sala, por un detector de metales.

En San Francisco, con programa de Beethoven, apareció encerrado en el servicio de señoras el cuerpo de un empresario barcelonés desaparecido hacía tres meses.

En San Louis, con programa de Beethoven, se negó a que le pasara las páginas de la partitura una joven bizca.

En New York, con programa de Bach, Schoenberg, Beethoven y Berg, se le coló en el camerino una admiradora para venderle un lote de seguros.

En Tel Aviv, con programa de Mozart y Beethoven, se negó a estrechar consecutivamente las manos de Gérard Philipe, Max Brod, la viuda de George Antheil y Béla Lugosi.

En Salt Lake City, con programa de Beethoven, donde por confusión se puso a la venta más del triple del aforo, los pasillos estaban atestados de damas y caballeros vestidos de etiqueta.

En Buffalo, con programa de Ogden, Beethoven y Bach, se fugó en el intermedio saltando por un ventanuco desde el segundo piso del auditorio.

En Washington, con programa de Schoenberg, Mozart y Bach, hizo que regalaran doscientas entradas a los internos de un hospicio de sordomudos y otras doscientas a los de un sanatorio de tuberculosos terminales.

En Berlín, con programa de Schoenberg, Mozart y Bach, un inspector de policía tomó del teclado sus huellas dactilares, las cuales se conservan hoy en el museo de Toronto que lleva su nombre.

En Londres, con programa de Beethoven, una duquesa se le acercó para ofrecerle su mano “o la de una de sus hijas”.

En Winnipeg, con programa de Brahms, no pudo sacarse ni por un instante de la cabeza la tonadilla de un célebre anuncio de colchones.

En Berkeley, con programa de Berg, Schoenberg, Hindemith, Krenek y Morawetz, acabó con cuarenta y seis de fiebre.

En Cleveland, con programa de Bach y Beethoven, tuvieron que instalarle en el escenario ocho calefactores portátiles, y aun así se presentó con un abrigo por encima del frac, tres vueltas de bufanda y sus famosos mitones.

En Denver, con programa de Bach y Strauss, tocó a Beethoven y acto seguido se enojó porque el programa se había confundido de programa.

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