El arte de la fuga: Cuarto movimiento

03/11/2011 § Deja un comentario

Lower Rosedale Shakespeare Reading and Badminton Society

For you have but mistook me all this while

En primavera de 1957 empezamos a reunirnos un grupo de amigos para leer obras de Shakespeare en mi apartamento de Rosedale (Toronto) y aunque coincidió con la época de su debut en Europa con la Orquesta Filarmónica de Moscú, cuando dio el histórico concierto de Leningrado, y después los de Viena, Berlín, Ginebra y Londres, además de sus numerosos compromisos en los escenarios canadienses y norteamericanos, siempre que podía se presentaba, meticulosamente puntual y cargando con su voluminosa edición de las tragedias completas de Shakespeare, la única por la que se avenía a declamar sus papeles y a la que nadie más tenía derecho a acercarse, por la que una noche leyó entero al teléfono su papel preferido, el de Ricardo II, desde un hotel de Houston, y la misma que desde entonces se empeñó en transportar siempre que iba de gira, hasta que cometió el error de facturarla dentro de una maleta que nunca llegó a su destino, lo cual, por cierto, fue el verdadero origen de su aversión a la facturación de equipajes y de que incluyera en la cláusula de sus sucesivos conciertos que “bajo ningún pretexto y en ninguna circunstancia” estaba dispuesto a considerar que ninguno de sus bienes personales “trascendiera su campo visual o, en su defecto, el de algún representante suyo específicamente designado”.

A king of beasts indeed. If aught but beasts,

 I had been still a happy king of men

Incluso en verano, cuando antes de las sesiones de lectura nos juntábamos para jugar al badminton en Rosedale Park, a menudo él también se nos unía, aunque jamás lo vimos con ropa deportiva, sino que a pesar del calor bochornoso traía invariablemente un suéter de lana de cuello alto y su distintiva gorra de cuadros, que un primo suyo le había comprado en Australia, y se sentaba siempre en su banco a leer novelas de ciencia-ficción o a estudiar partituras mientras canturreaba y se dirigía con la mano, exactamente igual que hacía en sus conciertos, al menos según dicen, pues a sus pocos amigos nos había rogado –y más tarde impuesto, de manera insistente y casi tiránica– que no asistiéramos a ninguno de ellos, ya que su táctica para soportar la obscena idolatría del público consistía en suprimirlo de su imaginación, tomarlo en conjunto y llegar al convencimiento de que no existía, lo que sólo podía hacer si el público le era absolutamente anónimo, por ese motivo siempre irrumpía en el escenario con la vista baja y negando la mínima atención a la sala, pues sabía que el mínimo vislumbre de un rostro aparentemente similar a uno vagamente conocido sería suficiente para desbaratar su necesaria operación substractiva.

And know not now what name to call myself

Fue precisamente una de esas tórridas tardes cuando, mientras los demás jugábamos al badminton, tuvo la idea de que alternásemos las obras de Shakespeare con improvisaciones dramáticas originales, sesiones que aprovechó para crear y desarrollar un pequeño repertorio de personajes, o más bien personalidades –Sir Nigel Twitt-Thornwaite, Duncan Haig-Guinnes, Karlheinz Klopweisser, Theodore Slutz, Sebastian Blind, Laura-Lydia Fazekas–, que aunque pronto adoptó de manera más o menos permanente e incluso llegó a representar en algún programa de televisión y de radio, nacieron para bromear con los amigos: cuántas veces me llamó de madrugada como uno de sus alter-egos, o bien fingiendo ser Pierre Boulez, Leonard Bernstein, Yehuda Menuhin, Igor Stravinsky, el primer ministro de Canadá, el presidente de la CBC, Donald Duck, mi esposa, algún conocido común, incluso la dueña del apartamento en que yo vivía y a la que sólo conocía de un breve encuentro hacía más de dos años, y aun después de haber descubierto la suplantación persistía en la broma hasta el final de la conferencia telefónica, que venía a durar entre dos y tres horas, y durante la cual él hablaba y hablaba y yo prácticamente sólo asentía, pues pronto comprendí que a él le bastaba con comprobar de tanto en tanto que yo le seguía al otro lado de la línea, como si mi testimonio diera consistencia a su monólogo, como si necesitara un interlocutor para no obstante conversar consigo mismo y desplegar su irreprimible pensamiento, de modo que normalmente yo le escuchaba medio dormido, incluso alguna vez profundamente dormido, con la oreja pegada al auricular que reposaba sobre la almohada, por supuesto entonces aún no sabía que él estaba grabando todas esas largas llamadas de principio a final para almacenarlas en el monumental archivo de más de siete mil horas de conversaciones telefónicas que sus albaceas apenas han empezado a escuchar, transcribir, catalogar y fechar de manera metódica.

This music mads me. Let it sound no more,

For though it have holp madmen to their wits,

In me it seems it will make wise men mad

A veces nos citábamos para almorzar en un barato restaurante chino de Cabbagetown, cuyo propietario lo agasajaba haciendo sonar sus Variaciones Goldberg, sospecho que más por astucia mercantil que por melomanía, si bien a él le agradaba de cualquier forma, de modo que se empeñaba en que dejáramos siempre una propina exorbitante, absolutamente desproporcionada tanto con el ridículo importe de la cuenta como con la ínfima calidad de la comida, y fue durante uno de esos almuerzos cuando me informó de que por fin había dado los pasos oportunos para finiquitar su carrera de concertista, y aunque por desgracia su agenda estaba repleta hasta 1964 –hablábamos en enero o febrero de 1958–, había prohibido a sus agentes que adquirieran nuevos compromisos, a lo que ellos por cierto primero habían asentido y sólo después, una vez que comprendieron que hablaba en serio y que ya no volvería a desdecirse, se habían escandalizado y conjurado con sus abogados, con los ejecutivos de Columbia Records y con algunas “amistades pecuniarias” para vaticinarle que abandonar los escenarios conllevaría dejar las grabaciones pianísticas, pues un artista que no comparece públicamente se vuelve desconocido e incluso inexistente para el público, el cual sólo compra discos de artistas existentes y preferiblemente conocidos, y al fin y al cabo los discos se graban para que el público sacie su apetito de comprarlos, y no para apilarlos en un almacén y venderlos después en rastros de baratillo, en pocas palabras para hacer dinero y no por su grado de excelencia pianística, que no deja de ser una apreciación subjetiva, mientras que los dividendos, aparte de pagar facturas, tienen la ventaja intrínseca de ser objetivos, le habían dicho, pese a lo que él estaba convencido de que seguiría grabando, es más, de que el futuro de la música está en los estudios de grabación y no en las salas de conciertos, dijo, donde la masa se congrega reunida por la misma fuerza que los atrae en torno a una demolición, una ejecución pública o una catástrofe, y en donde sólo muy excepcionalmente y por mero despiste aparece algún individuo con un interés genuino por el elemento musical de la comedia, el cual es a la larga irremisiblemente asfixiado por la parafernalia concomitante, dijo textualmente, de modo que el oyente genuino preferirá siempre quedarse en su casa y escuchar en privado la música que ama, sobre todo cuando el galopante desarrollo tecnológico le permita manipular las grabaciones para componer, por ejemplo, su propia reproducción favorita de una sonata de Beethoven con los mejores fragmentos de las múltiples versiones de distintos pianistas.

I’ll give my jewells for a set of beads

En invierno de 1963 me pidió ayuda para encontrar alojamiento en Toronto, un hogar en donde “aliviar su sistema nervioso de los estragos causados por veinte años de oscilación inconexa entre el populoso espanto de los escenarios y el espanto aislante de las habitaciones de hotel de medio planeta”, y tras visitar cuartos, estudios, apartamentos, dúplex, casas (de una, dos y tres plantas, con y sin jardín, con invernadero, con sistema de seguridad, con piscina) e incluso una antigua granja avícola a cuarenta millas de la ciudad, rodeada por un terreno baldío de casi cuatrocientos acres de silencio, acabó por instalarse en una minúscula buhardilla sin cocina, en la que milagrosamente pudieron introducir y después acomodarle sus dos pianos, y cuya única ventaja era que sólo quedaba a dos manzanas del apartamento en donde mi mujer y yo residíamos, al cual se asimiló de manera natural e inmediata, invitándose a desayunar, almorzar o cenar, o presentándose para tomar café, para ver la televisión o hacer una llamada telefónica, o bien para hacernos salir y seguirle a una tienda de discos, una librería o unos grandes almacenes, o arrastrarnos al cine para ver alguna película de la que presumiblemente acabaríamos teniendo que desertar porque “no se le puede conceder ni un segundo de crédito más a quienes se aprovechan del tiempo invertido por otros en la contemplación de sus exudaciones artísticas”, o bien venía simplemente para llevarse discos, libros, partituras, revistas e incluso una fotografía del banquete de boda de mis padres, que jamás devolvía, y que pasaban a integrarse orgánicamente en el caos de su habitáculo inhabitable –angostado por la acumulación de discos, casetes, volúmenes, carpetas, archivadores, hojas sueltas, libretas con anotaciones, cartas de admiradores, partituras, tazas, piezas de fruta, botellas de agua mineral, vasos de plástico, camisas planchadas y dobladas, con la etiqueta de reparto de la lavandería todavía sujeta al cuello por un alfiler (de los brazos de la lámpara colgaban perchas con pantalones oscuros y un racimo multicolor de corbatas)–, por donde sin embargo él se movía con el aplomo de un ángel en pleno Apocalipsis, creando y recreando obras musicales de inmoderada exigencia con una lucidez casi algebraica, lo que al cabo de los años me ha llevado a pensar que su talento consistía ante todo en una extraña clarividencia del orden, incluso en las condiciones de desorden más extremas –como las creadas por el método de “clasificar” sus miles de discos (a los que nadie más que él estaba autorizado a acercarse): cada vez que recargaba el tocadiscos, en lugar de devolver el que acababa de escuchar a su funda, lo guardaba en la funda del que se disponía a escuchar, reemplazo que, según decía, le ahorraba el 50% del trabajo manual, de modo que, cuando quería escuchar un disco, en lugar de sacarlo de su funda, lo sacaba de la funda de la que había sacado el que había escuchado inmediatamente después de él en la última escucha, y por más que tal sistema memorístico, que en ocasiones, para rastrear el paradero de la grabación deseada, lo llevaba a retrotraer cadenas de centenares de audiciones desde la presente, nos parezca una aberración clasificatoria, lo había seguido durante años sin extraviar ni un solo ejemplar–, y aun más, que las condiciones de orden con que nos dejamos arropar desde la cuna son el refugio de nuestra mentalidad inferior, perezosa e íntimamente vacilante.

 

Tell thou the lamentable tale of me,

And send the hearers weeping to their beds

Cuando empezó a grabar en New York para la CBS, la buhardilla (hoy santuario consagrado a su memoria) se convirtió en el almacén de sus bienes personales, al final materialmente inaccesible, pues cuando la dejó definitivamente, a principios de los 70, los empleados de la agencia de mudanzas tuvieron que descolgarse con garfios desde el tejado para, ante la perplejidad de los vecinos, forzar la ventana y poder empezar a vaciarla por ella pieza por pieza, como una madriguera de ladrones, que después trasladaron a su nueva y espaciosa mansión de Maple Leaf, en principio un obsequio de su compañía discográfica, una vivienda futurista, poligonal y de una blancura enigmática, con un estudio de grabación en el sótano adonde la CBS enviaba equipos de productores y técnicos norteamericanos, y que en realidad acabó siendo una prisión, y él un recluso, que le abolió todo límite teórico y práctico entre la vida privada y el trabajo, de modo que a partir de entonces –1973 o 1974– nadie que yo conozca volvió a frecuentarlo en persona, aunque siguiera comunicándose telefónicamente, proyectando siempre utópicas visitas, describiendo después los pormenores de sesiones de grabación maratónicas, en las que el resto del equipo se turnaba mientras él persistía despierto, cada vez más despierto, para controlar hasta la más minúscula porción de detalle, y terminando con la perturbada relación de sus males (pálpitos, ardores, úlceras, insomnio, tendinitis, sinusitis, gastroenteritis, jaquecas, anemias, arritmias, teniasis, tungiasis, diabetes, arterioesclerosis, soriasis, leishmaniasis, leptospirosis, fiebres de Marburgo, herpes, hematuria, hepatitis, hempotisis, cianosis), de los cuales vivían seis especialistas diferentes que, reservados los jueves para cualquier otra emergencia, se repartían los días de sus semanas, y aunque seguía al pie de la letra los seis distintos tratamientos simultáneamente, al parecer les ocultó no sólo la existencia de los otros cinco colegas, sino también que además se auto-diagnosticaba y se auto-prescribía medicamentos suplementarios, y lo que es peor que se estaba intoxicando de literatura pseudo-científica, la cual le había inspirado ideas como que pomos, timbres y pasamanos son focos de infecciones mortíferos, que los obesos son más sensibles al dolor (según un modesto estudio realizado en pacientes con artritis de rodilla), o que todos sus insufribles padecimientos se debían a que en alguna de sus giras internacionales se había quebrado el cordel que lo unía a su espíritu, y éste vagaba ahora por una tierra extranjera –“intérprete desalmado de música desalmada”, lo habían calificado en una crítica, refiriéndose a que apenas considerara el repertorio romántico–, aunque a decir verdad esta última idea no provenía de ninguna publicación, sino de un chamán al que se empeñó en que yo también visitara, y que finalmente me envió a mi propio domicilio, a lo que todavía hay que sumar su objeción vitalicia a cualquier práctica deportiva y que se alimentara casi exclusivamente de huevos revueltos y salami, que según sus agentes y administradores fue el detonante de un proceso mortal de degradación física, aunque los doctores lo achacasen a las condiciones de trabajo abusivas, y al abuso reiterado de fármacos los fabricantes de salami.

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