La noche en la piel de la pantera: 1. Casi detectivescos

07/06/2012 § Deja un comentario

Por conversaciones sé de quienes hemos tratado de acceder a la obra de Rudolf Steiner que nuestra tarea ha tenido siempre tintes casi detectivescos.

Hablo, por supuesto, de incontables visitas a mercadillos y rastros de Madrid, Valladolid, Bilbao, León y Barcelona. Habló de días enteros haciendo inventario de despojos ajenos para no encontrar nada, pero sin atreverse a dejar un solo baúl sin abrir ni un sólo título sin leer. Hablo de un estado de ansiedad permanente, de una alerta constante en las desaparecidas distribuidoras Sarmata, de Barcelona, o Aztlán, de Madrid. Hablo de una vida entera interrogando enigmas y tragando polvo de bibliotecas. Hablo de noches en vela y de noches soñando con una aguja perdida en un pajar de tamaño planetario, soñando con ser coleccionista de experiencias para luego conformarse con coleccionar leyendas. Porque la nuestra era persecución de una leyenda, como los exploradores que buscaban El Dorado. Nos bastaba encontrar una mínima referencia en algún libro para estallar de gozo. Y luego las llamadas telefónicas y la felicitación de la cinefilia fascista, una cinefilia clandestina, subterránea y antisocial, pero leal y generosa, casi una verdadera sociedad secreta de hombres de mediana edad y oficios diversos que nos comunicábamos por teléfono frustraciones y hallazgos y rezábamos en soledad por la fortuna en la búsqueda. Digo sociedad, pero la nuestra era una sociedad de individuos, una sociedad secreta en el sentido más extremo de la palabra. Jamás conocí en persona a ninguno de mis interlocutores. Sabía su nombres (o más bien sus alias), sabía sus números de teléfono, no precisaba saber nada más. Nuestro único vínculo eran aquellas conversaciones telefónicas, normalmente nocturnas. Es inquietante pensar ahora, después de tantos años, que no hubiese sido posible recordar a Rudolf Steiner sin la colaboración de la telefonía.

Voy a contar dos pequeñas anécdotas, creo que bastante significativas y, hasta podría decir que sintomáticas. Recuerdo que en 1982, necesitado de guardar bajo llave unos cachivaches, un amigo que trabajaba en un Ayuntamiento de la provincia de Valencia (permitidme que no revele nombres) me ofreció una gran sala vacía en el último piso del inmueble. Recuerdo haber subido una escalera larga y empinada, una escalera mortal de filme de Murnau o Polanski, y al llegar al final accionar el interruptor, pero no había luz. Tras abrir una ventana pude ver un espectáculo que me puso los pelos de punta y me aceleró las pulsaciones, aquejado como estoy desde la adolescencia de hipertensión y cinefilia: decenas de cintas arrojadas por el suelo, completamente desordenadas y cubiertas por una capa de polvo que parecía la pátina de los siglos. Y entre ellas, tras una primera inspección que reveló copias en su mayor parte ya conocidas de películas no tan viejas como la sensación de abandono que daba el lugar, cintas de los cuarenta y los cincuenta (recuerdo Orosia de Florián Rey y El hombre de la Legión de Romolo Marcellini), encontré dos rollos sin etiquetar que me aceleraron el pulso. Aquí está, pensé. Me hallaba, sin duda, ante la cinemateca local del Movimiento, o más precisamente ante sus restos. Aquel espectáculo era el testimonio de la caída de los ídolos y el desplome de las ilusiones. Me daba en la nariz que nunca había estado tan cerca de una película de Rudolf Steiner. Nada le dije a mi amigo del hallazgo. Me llevé aquellos rollos sin identificar y di por perdido el resto de las cintas. ¿Robo? No tuve, os lo prometo, la sensación de arrebatarle nada a nadie, sino la de rescatar a un huérfano de las dentelladas de la desidia, y puede que hasta de algún roedor. Mi desengaño fue monumental. Lo que me había llevado era una copia del documental Derrumbamiento del Ejército Rojo, de Antonio Calvache, adquisición sin duda importante, pero no lo que yo andaba buscando. Esta cinta, que durante años vivió conmigo en secreto, figura hoy en la (dicen) impresionante colección personal del politólogo francés Alain de Benoist, a quien tuve la oportunidad de estrechar la mano hace unos años en Madrid.

Nunca he sido fetichista. No me he aferrado a nada ni a nadie. Es más, cuando me vi en la necesidad me deshice de casi todo lo que tenía, vendiéndolo al mejor postor, no me avergüenza decirlo. Mi colección fue accidental, mi único interés era Rudolf Steiner, y de él no conseguí nada que valiera la pena conservar.

Lo que me lleva a la segunda anécdota. Fue escasos días después de haberme casado. En agosto de 1984 me fui de viaje de novios a Sante Foy-Le-Grande, localidad no muy lejana a Bergerac, en Francia, y allí, en un mercadillo, entablé conversación con un tipo que hablaba nuestro idioma bastante mejor que muchos compatriotas (mi abuela nació en Murcia, me dijo). En su tenderete de libros de lance encontré unas Memorias del cinema mudo de Serafín Sostoa (quien firmaba S. S.) publicadas en 1953 por Zeus (por la editorial Zeus, se entiende) en una edición original de 50 ejemplares firmados por el autor, de los cuales el mío era el número 29. Este libro, del que nunca había oído hablar, me alegró un día en lo personal tormentoso y umbrío. Me lo llevé por una cantidad irrisoria, puede decirse que al peso, junto a otros de tinte anarquista, y algunas obras de Federica Montseny, y cosas de García Lorca, de Miguel Hernández, y hasta de Luis Rosales. Siempre me he preguntado cómo llegarían hasta allí aquellos libros, sin duda liquidados por los herederos de algún espíritu inquieto, qué tumbos darían antes y después de cruzar los Pirineos para llegar finalmente a mis manos.

Gran parte de lo que sé de Rudolf Steiner proviene de la obra de Serafín Sostoa. Otros autores de las JONS cercanos a él, como Ramiro Ledesma Ramos, Montero Díaz o Emiliano Aguado, jamás se interesaron por el cinema. Lo de estos caballeros no era la contemplación sino la acción inequívoca. A los jonsistas no me los imagino embelesados por la ambigüedad de una película muda, sino imponiendo la verdad a machetazos. Me presentaron hace años a Maximiliano Lloret, antaño hombre fuerte de las JONS en Valencia. Lloret fue el fundador del efímero semanario Patria Sindicalista. Cuando le mencioné el nombre de Rudolf Steiner, dio muestras de reconocerlo. Sabiendo que se trataba de un farol, le tendí el anzuelo. ¿Había visto Lloret las películas del alemán? Hacía años, aunque no las recordaba bien, dijo Lloret. Entonces es muy probable que sea usted el único que las ha visto, llevan lustros perdidas, le dije. Vaya por detrás, y también por delante, que detesto a los idiotas que se las dan de entendidos. Lloret, para no quedar mal, simuló haberse equivocado de nombre. Yo, que en cuanto me desahogo sé volverme transigente y no meter el dedo en la llaga, le di una palmadita en la espalda. Hay que ser más modesto, le dije. Lloret se puso rojo como una amapola. Por un momento temí que se echara a llorar. Luego comprendí que no se debía a la vergüenza sino a la rabia. Murió unas semanas más tarde, posiblemente sin haber olvidado aquella humillación que él mismo (y no yo) se infligiera.

Dicho sea sin ánimo de mortificar el nombre de Maximiliano Lloret ni escupir en su tumba. Al contrario, que descanse en paz. La ignorancia ha sido moneda de pago común a Rudolf Steiner. El alemán no tuvo fortuna en España. Salvo en núcleos reducidísimos y, como dije, secretos, en nuestro país el nombre de Rudolf Steiner carece de la menor resonancia. Es muy difícil encontrar alguien que sepa quién fue. La fatalidad parece empeñada en hacer lo imposible para borrarlo de la historia.

Aquí cabe una tercera anécdota que no pensaba incluir, pero que viene como anillo al dedo. A mediados de los sesenta mi padre fue destinado a Benicalap, arrastrando consigo a toda la familia. Benicalap fue una de las pedanías que el desarrollo franquista puso patas arriba en aquella década. Pasó directamente del arado al seiscientos, de la Edad de Piedra a la revolución industrial. De las barracas al hacinamiento en bloques de pisos sin ascensor, sin alcantarillado ni un metro cuadrado de equipamientos, como ahora se dice. No muy lejos de casa quedaba la avenida de Onésimo Redondo, donde, con una caña larga y mucha pericia, íbamos a recoger mi hermano Javier y yo hojas de morera para alimentar a nuestros gusanos de seda. Más allá de Onésimo Redondo, lo recuerdo con claridad, había una avenida rotulada con el nombre de Rudolf Steiner. Ambas formaban el barrio de Torrefiel, que luego fue escombrera y hoy es el parque de Benicalap. Ésa es con toda seguridad la primera vez que llega a mis oídos el nombre de Rudolf Steiner. Allí, en aquella avenida de la memoria, echada abajo para alojar un parque de recreo, se juega sin duda mi destino, la consunción ofuscada de mis años futuros.

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