La noche en la piel de la pantera: 3. Rodolfo Steiner

17/03/2013 § Deja un comentario

Steiner

Capellán se lo presentó como si se tratara de un genio, aunque como de costumbre fue él quien llevó en todo momento el peso de la conversación. Se trataba de un alemán llamado Rodolfo Steiner, un poco mayor que Capellán, aunque bien conservado, mucho más alto y mejor parecido. Le dividía la frente en dos partes simétricas una cicatriz trazada en línea recta, la cual le confería un aspecto romántico y siniestro, muy a tono con sus aires glaciares y aristocráticos. Tenía aspecto de explorador o deportista, sin que se pudiera precisar de qué deportes ni de qué mundos.

Después del almuerzo, los dos caballeros le pidieron que les cantara una canción. Un pajarito me ha dicho que iba usted para soprano, le susurró Capellán, con una mezcla de guasa y cortesía. La Bénichou se hizo de rogar por puro decoro. En realidad se moría por cantar, y más aun cuando al terminar la primera aria Capellán aplaudió. Rodolfo Steiner, más comedido, hizo algunas observaciones técnicas sobre el timbre y la textura de la voz. Después cantó Le Chevelure de Héctor Berlioz, con la que había tenido éxito en tantas ocasiones románticas. Rodolfo Steiner insistió en acompañarla en un piano polvoriento y desafinado por la falta de uso. La Bénichou pensó que se trataba de una estratagema para tenerla más cerca, lo que en parte la halagó y en parte la puso en contra del alemán. Éste era un hombre varonil, atractivo, seguro de sí mismo, pero no podía ver en él más que un entrometido. Igual que Rodolfo Steiner sólo tenía ojos para la Bénichou (o eso creía ella), ésta sólo tenía ojos (y oídos, especialmente oídos) para Capellán, de cuya elocuencia andaluza (en realidad gaditana, aunque ella no podía discernir aún tan delicados matices), estaba empezando a prendarse. ¿Y Capellán? ¿Qué sentía por ella? El caso es que aquella tarde le entregó la llave de un “refugio de solteros” que tenían en Cádiz, y a partir de entonces la Bénichou se volvió visitante asidua de aquel santuario de la gallardía masculina.

El refugio de solteros era una casa de dos plantas unidas por una estrecha escalera en la que nunca hubo luz, había que subirla tanteando los escalones con la punta del pie, ideal para romperse el cuello, bromeaba Capellán, hasta llegar a un pasillo de techo alto, dos dormitorios y un balcón de madera. Uno de los dormitorios lo ocupaba Rodolfo Steiner, mientras que el otro quedaba a la disposición de Capellán. Allí escribía poemas religiosos, artículos patrióticos e historias románticas. Allí, sobre una cama vencida y desprolija, dormía borracheras y mitigaba excesos. Los dos amigos compartían el piso de abajo, con recibidor, comedor, cuarto de baño y cocina. Rodolfo Steiner y yo tenemos un acuerdo de caballeros que nos prohibe traer mujeres a casa, le dijo Capellán a la Bénichou. ¿Y yo?, le preguntó ella. Tu eres la excepción que confirma la regla, dijo Capellán. Y se rió. Steiner pronto partirá para Madrid, dijo, por un tiempo indefinido.  Su ausencia revocará temporalmente toda obligación contraída. Los pactos son como el papel moneda, dijo, pierden su valor tan pronto como se cambia de territorio.

Cuando la Bénichou le preguntó cómo había conocido a Rodolfo Steiner, Capellán le contó que era un ingeniero alemán que trabajaba para la compañía Krupp, la cual vendía acero al gobierno. La compañía, dijo Capellán, sobrestimando la complejidad del negocio, había enviado a España media docena de representantes. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que con uno sería suficiente, así que mandaron volver a todos menos él, que era el mejor situado en la Krupp y el más capaz del grupo. De la noche a la mañana, el alemán se quedó solo y casi desocupado en Madrid, metido en una casa gigantesca, desproporcionada para una sola persona, y más tratándose de un sedentario extremo como Steiner, que apenas dejaba su dormitorio. Al final, enfermo de una soledad punzante, como un animal salvaje trasladado a otro continente, o como una planta exótica trasplantada en un suelo extraño, decidió viajar al sur para cambiar de aires y acabó arrendando aquella casita, que era propiedad de la familia de su esposa. Capellán, a quien le había llamado la atención el senequismo del alemán, lo había invitado a acompañarlo al Ateneo Municipal, donde se discutía de toros, balompié, poesía y política, y así era como se habían vuelto como uña y carne, aunque Steiner era uña que mantenía distancias con la carne y conservaba en todo caso sus maneras solemnes, su doble fondo, su misterio.

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