La noche en la piel de la pantera: 4. Segunda historia de Rudolf Steiner

29/04/2015 § Deja un comentario

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La Bénichou tuvo por cierta esta historia hasta que, en una fiesta, oyó a Capellán relatar una segunda versión. Ya antes de estallar la guerra, contó Capellán, mi amigo Steiner, que por entonces enseñaba matemáticas en una escuela de Berlín, renunció a su posición de maestro para alistarse en el ejército. En parte por tradición familiar (todos sus hermanos servían como oficiales), en parte por sentido del deber y amor incondicional a su patria, y en parte por evadirse de un trabajo odioso en un sistema educativo catastrófico y hecho a conciencia para minar la iniciativa y la salud de profesores y estudiantes, y en parte, dijo Capellán repitiendo las palabras de Rodolfo Steiner, porque había creído que sólo en circunstancias en que la humanidad al completo se ponía al límite podía ponerse al límite también él como individuo. La guerra se olía ya en el aire, toda una generación de jóvenes alemanes esperaba la ocasión de elevarse por encima de la mediocridad de sus mayores y meter al país de lleno en la aventura del heroísmo. Sin embargo, Steiner acabó decepcionado de la guerra. Allí no encontró el éxtasis que ansiaba, ni en realidad nada que no le ofrecieran sus ex discípulos: brutalidad, vulgaridad, pereza, estupidez, malicia, delincuencia, criminalidad, salvajismo. La historia le daba a la humanidad una oportunidad impagable de examinarse, de alcanzar tensiones desconocidas, la tensión del cordaje de un violín, y la humanidad, naturalmente, respondía con su acostumbrada negligencia. La guerra no había sido un banquete de bodas, pero tampoco caía dentro de lo que se podía llamar una catástrofe. Más bien era un fraude. Una chapuza. Era triste contemplar la desorganización y la falta absoluta de sistema con que se había hecho la guerra en ambos bandos. Ésa era la única abominación: la gestión horrenda de la guerra. Lo único positivo que había sacado de la experiencia, y en cierto grado su tabla de salvación de la vileza circundante, fue una conversión visceral al cristianismo (a un cristianismo sui generis que, todo sea dicho, no tenía nada que ver con la Iglesia Católica, sino que era más bien un misticismo estrafalario), gracias a la lectura de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. De hecho, Steiner había venido a España para conocer el país que había inspirado aquellos versos en los que latía una verdad inefable. Al principio se había traído consigo a unos cuantos amigos veteranos de la guerra, pero estos pronto se cansaron de España. Les parecía un país incivilizado, deprimido, inerte, enfermo de apatía, además de triste y muy mal iluminado. Así que de un día para otro Steiner se quedó solo en Madrid en una casa enorme, una mansión descomunal, desmesurada, en la que podrían haberse alojado sin molestarse tres o cuatro de esas familias españolas que andaban por las calles, lo que al alemán le pareció egoísta e inmoral por su parte, con tanta gente pobre que dormía a la intemperie, en el fondo Steiner tenía un alma noble y de inclinación piadosa, aunque cubierta por una rigidez granítica. Con todo, había sido un asunto de honor, con un duelo de por medio, lo que lo había dispuesto finalmente a trasladarse al sur y buscar una residencia más apropiada a sus necesidades de soltero. El resto de la historia era más o menos la misma: la casa de la familia de su esposa, el senequismo, las tertulias, el doble fondo, lo que tampoco quería decir que fuera la verdad, sino tan sólo la parte más consistente de la fabulación de Capellán, quien como buen cristiano mentía sólo sin mala fe y por puro sport, no para ocultar sino para condimentar una verdad que, repetida sin la menor variación, habría resultado vulgar y mortalmente aburrida.

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