La noche en la piel de la pantera: 7. Informe sobre R. Steiner

26/05/2015 § Deja un comentario

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A Sostoa no le pareció sensato mencionar este incidente en el informe que le encargó Primo de Rivera. Relató, en cambio, el viaje de Rodolfo Steiner al Tíbet para rodar una película documental encomendada por la Cancillería Alemana. Desde el principio, Rodolfo Steiner se había negado en rotundo a que transportaran el equipo en tren. Esto no es un viaje turístico, había dicho, los desplazamientos esenciales de la vida deben hacerse a pie. Marchar a pie imponía un ritmo distinto a los acontecimientos, pensaba Rodolfo Steiner, un ritmo pedestre (humano, aborigen) sobre el que pretendía erigir un cinema viril y de calidad. Así que lo había dispuesto todo para hacer el viaje a pie desde Berlín hasta el Tíbet. Esta determinación drástica (temeraria, suicida) había puesto en desbandada a todos los técnicos y operarios cinemáticos, dejándolo en compañía de un antropólogo italiano y de los militares que debían acompañarlo a la fuerza (y que le deseaban la peor de las muertes, llegando incluso a dispararle en una ocasión, sin causarle más que una herida superficial en el muslo derecho). Rodolfo Steiner no se amedrentó. Al contrario, adiestró a los soldados más perspicaces en el uso del material cinemático (trípodes, cámaras, focos de luz, planchas de positivado y un aparato de patente propia para agilizar el proceso de montaje, por lo demás reducido al mínimo, pues por entonces Rodolfo Steiner se limitaba a hacer girar el rollo de principio a fin sin pausa alguna, empalmando después una cinta con otra) y se ganó a los más díscolos al arrojarse desde un puente de 12 metros de altura sobre el cauce de un río casi seco, donde sólo apenas un palmo de lodo amortiguó una caída de la que milagrosamente salió ileso. Al parecer con este gesto quiso demostrarles que él no iba a permanecer en retaguardia ni viajar en volandas, sino que estaba dispuesto a correr más riesgos que nadie. Vosotros sois soldados de Alemania, les había dicho antes de saltar al vacío, pero yo soy un soldado del cinema (ein Filmsoldat).

El 24 de mayo de 1925, equipado con una brújula, un poncho y una mochila de cuero con lo esencial, trazó en el mapa una línea recta que unía Berlín y el Tíbet y se puso en marcha, encabezando la expedición Tíbet Secreto (Geheimnis Tíbet). Sin embargo, Rodolfo Steiner cayó enfermo nada más entrar en Rusia, y tuvo que doblegarse a la adversidad y consentir en que los trasladaran hasta Odesa en un tren para el transporte de ganado. Allí embarcaron con rumbo a Batumi, cruzando después el Cáucaso hasta Bakú. Tardaron casi dos meses y medio en llegar a Nueva Delhi, donde quienes aún no habían desertado del proyecto se le amotinaron, obligando a Rodolfo Steiner y al antropólogo italiano, que se le había vuelto inseparable, a salvar el pellejo y la película tomando un tren a Calcuta, y desde allí embarcar con rumbo al Canal de Suez, dando por terminado el rodaje.

La película, que obsequió al público alemán imágenes nunca vistas, decía Sostoa en su informe, le dio a Rodolfo Steiner el crédito necesario para emprender un segundo proyecto: construir una ópera ambulante (un teatro sobre ruedas que él mismo había proyectado) arrastrada por la fuerza tractora de cuatro carros de combate para llevar Lohengrin de Ricardo Wagner a las zonas alpinas de Baviera, donde apenas había llegado el drama lírico. En esta aventura de dimensiones épicas veía Sostoa el tipo de cinema que buscaba Primo de Rivera. Rodolfo Steiner, decía en su informe, es el primer cineasta en fundir el enfoque documental y el de ficción en un género superior, en el que Sostoa veía, o decía ver, el futuro del cinema. Rodolfo Steiner, decía, no pone en escena historias de ficción con personajes y trama, ni por el contrario rueda “hechos consumados” que suceden de manera independiente, como un mero documentalista del Kino-Pravda, decía Sostoa haciendo gala de erudición, y aprovechando además para lanzar un dardo a los simpatizantes de Dziga Vertov, cuya película El Cinema-ojo: La vida captada al improviso había sido proyectada recientemente en la Exposición de París, suscitando el interés de cineastas y críticos franceses, siempre ávidos de novedades futuristas. La realidad sin imaginación es como un pollo sin cabeza, decía Sostoa. La originalidad visionaria de Rodolfo Steiner consistía en poner en escena (o más bien en marcha) acontecimientos (una expedición, una singladura, una hecatombe) para después documentarlos, sintetizando la naturaleza fotográfica del cinema con sus aspiraciones demiúrgicas.

Astutamente, Sostoa se cuidó de pasar también por alto que toda una sección de violines (los primeros violines, situados en el margen izquierdo de la orquesta) había perecido bajo una avalancha, y también que en una aldea de Bavaria un grupo de campesinos borrachos y embrutecidos por siglos de grosería y endogamia habían asaltado en el segundo entreacto a la soprano que hacía el papel de Ortrud, la habían agredido hasta dejarla inconsciente y después habían tratado de poseerla por la fuerza. Sólo la hermética complejidad del vestuario (falda, rebozo, camisa, corpiño, corsé, enaguas, pollera) y la rápida intervención de los soldados que acompañaban a la troupe (que abrieron fuego de ametralladora y mortero sobre el público insurrecto) evitaron la tragedia. Todo esto estaba en la película de Rodolfo Steiner, la cual sin embargo jamás llegó a difundirse (se alegó que el frío extremo de las regiones de montaña había congelado las cintas, dejándolas tiesas como rollos de espagueti), salvo un montaje casero destinado a los archivos oficiales y que acabó circulando en secreto por salones de clubes militares y facciones ultraderechistas, donde el filme fue recibido como un sueño en tierra de nadie. Por lo demás, Rodolfo Steiner repudiaba esta película. Veía en ella una experiencia malograda, arruinada por la contradicción entre la pomposidad de la materia y el enfoque pequeño-burgués y criminal con que, sin proponérselo, había acabado degradándola.

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